Acero y hechizos, aliados eternos

Acero y hechizos, aliados eternos

Vuelan los colmillos ajados de murciélagos que despistan a la noche en una maniobra circular, recorren las entrañas de la mazmorra un bárbaro junto a una maga. Estudia la ejerciente en la magia las runas grabadas en la piedra mientras el guerrero dirige la alabarda allá donde percibe el peligro. ¿Dirigidos por un rey ansioso? ¿Enviados por una solicitud de ayuda? Ninguna de las premisas es la correcta, acuden a su mayoría de edad.

Nacer en Abemcor te une a las filas de la muerte en caso de fallar en tu paso de adolescencia a adulto, lidiar con los horrores te obliga a dejar al niño aparte.

Golocom, el bárbaro ajusta sus botas ante los peldaños resbaladizos de la mazmorra, por culpa del liquen y el musgo un resbalón podría dar al traste con su porte. Utiliza los modales bruscos del guerrero, apenas palabras cuando la acción manda, cero romanticismos, más pragmático y un aprecio nulo a la magia.

Quiso acudir solo, pues consideraba un estorbo la ayuda de un secuaz, ya que él no tomaba jamás aliados o compañeros. Sumiso a las órdenes del jefe del Clan Gris, Inbor, acogió de mala gana a Sundria.

Exudaba pasión por los poros de la piel, el dominio de la magia emanaba desde su índice de su mano al meñique de su pie. Ataviada con una túnica que la cubría cuasi por entero dejaba entrever el pelo negro azabache, que parecía un marco de la noche oscura y unos ojos de rubí que esclavizaban en el contacto directo. Una mirada de Sundria hacía perder los estribos a los hombres, a todos salvo a Golocom, por ello se ideo esta especial pareja.

Eluden una alcantarilla en la que viajan ratas en plena descomposición, malas noticias puesto que si estos animales duros a la par resistentes a la contaminación y otros elementos nocivos yacían por centenares por un agente extraño. Asoman a lo lejos unos barrotes derretidos por el lado izquierdo, una abertura permite el paso de uno en uno. Golocom quiere entrar primero, da un paso al frente esgrimiendo la alabarda como primera defensa ante el peligro.

— ¿Sabes acaso a que amenaza nos enfrentamos, mágica o terrenal?

— Mejor prevenir con el acero.

—Típico de bárbaro.

— Lo mismo puede decirse de ti maga.

Terco, el miembro del Clan Gris ejecuta un corte a los barrotes escindiendo a los barrotes a raquíticas ramas oxidadas. Sundria evita dilucidar su asombro en el rostro, aunque la tranquilidad la acoge en su seno.

Mira con detenimiento al bárbaro la maga, de él dicen que suscita encogimiento de valor, temor y seguridad dependiendo de si Golocom permanece en tu bando o no. Los cabellos grises típicos de su clan independientemente de la edad lo convierten en el anciano jovial o un experto musculado, ya que su aspecto contraría a la misma naturaleza del tiempo. Carece de estética cuidada, los jirones de su ropa muestran gran parte de su fisonomía, por lo que una señorita podría ruborizarse no así Sundria que conoce de antemano el descuido en cuanto a la vestimenta de los miembros del clan Gris.

Pisa el bárbaro una zona más viscosa, sus instintos le instan a que arremeta con la alabarda. Clava algo al suelo enrocado, que dificulta la visión por el nivel de agua turbia que los tapa hasta la cintura. Trinchando escucha un gruñido, jamás emitido por criatura conocida. Intenta sacar el arma de lo que asoma, pues el agua parece absorberse por un cambio de nivel repentino.

Sundria observa el tentáculo atrapado en la alabarda de Golocom. Copa sus esfuerzos el bárbaro en librar el arma de larga distancia, pero la sujeción del tentáculo al suelo por una mucosa lo convierte en una empresa imposible.

Avanza un nuevo crecimiento de aguas residuales rumbo a los recién llegados, la maga interpone los dedos corazón e índice ante la incipiente ola. Frena con un escudo invisible el embiste del peculiar mar de la mazmorra. Surge desde las aguas ahora agitadas un Okaiden, el monstruo de tercer nivel que destroza a los insensatos que lo enfrentan. La descripción del bestiario difiere, lo idealizan con cuernos de demonio, adornan con garras y rematan con dos tentáculos resbaladizos. Frente a ella tiene a una mole que cubre su cuerpo con escamas negras, que ha perdido su único tentáculo, posee una cola que agita junto a las alas, por cabeza tiene un parpado cerrado con gigantescos incisivos y expone los brazos similares a un humano.

Suena el despertar de una vaina que forma los ecos de una espada que por fin se ve redimida. Tras el dorso el cincho que suelta para acompasar los mandobles con plena libertad. Golocom concibe al metal que porta en las manos como una deidad en sí misma, el arma le permite dictar vida o muerte junto a la fuerza de sus vigorosos bíceps.

Amplia los dorsales contrayéndolos para efectuar un corte a la altura de la cabeza, aferra la espada con las dos manos y… se ve interrumpido por un golpe de cola que lo lanza al techo. Caen adoquines y cae de unos dos metros, parte del impacto lo absorbe el agua, además siente una protección extra. ¿Quizás la maga hace su parte?

— Gracias por tu escudo, pero no hace falta, soy duro como la piedra. No necesito..

— La ayuda de una mujer. Bravatas de aficionado. Recupérate mientras gano tiempo, pensaremos en la mejor estrategia, eso   sí sabes pensar.

— Ocúpate de tus asuntos maga estúpida.

Ajena al achaque de celos de Golocom por sus aptitudes, Sundría centra su defensa en quemar las partes que expone el Okaiden cuando intenta atraparla con sus dientes. Pinceladas de fuego arden el monstruo que elimina al batir las alas.

Inutilizado el fuego a largo alcance, solo quedo la proximidad del hielo. Finta a la criatura al trastabillar de manera no accidental, lanzada ante el derribo que cree fortuito el demonio abre sus defensas al atacar despreocupado. Los brazos congelados del Okaiden al contacto de Sundría deja claro a la bestia que ha caído en la trampa, intenta desembarazarse del hielo con la fricción de las alas, pero canta el acero en manos de Golocom.

Distraída la criatura, no observa el movimiento sublime de laceración del bárbaro que sustrae tanto el hielo como las extremidades superiores de la misma. Amputados los brazos tienen ventaja, en principio. Los agujeros negros que exhibe la bestia manan pequeños bichos que campan a sus anchas en el agua, absorben el líquido además de devorar la carne de las ratas. Una comida nada suculenta que les permite una metamorfosis, pues del tamaño cuasi diminuto empieza a acercarse al gigantismo.

— Antes de cortar sin ton ni son, pregúntame sus puntos débiles. Empeora nuestra situación. Has duplicado la amenaza ese   insecto tras la incubación y cristalización instantáneas será otro Okaiden.

— Otro bicho gordo, ¿como este?—señala Golocom al demonio.

— Corta sus alas, los tentáculos y sobre todo la cabeza, jamás los brazos o la cola, entendido.

— Chamúscalo o congélalo para facilitarme el trabajo maga.

Sundria acude al elemental del fuego, pero un sonido estremecedor le impide acceder a su poder. El Okaiden distorsiona el hechizo pronunciado por Sundria mediante un seísmo producido por su cola, mientras el recién incubado envuelve su cuerpo en una capa de seda grisácea.

— Una amenaza jamás amedrenta, el enemigo se derrumba. Baila el acero en mis manos, canto el corte y el tajo con los mandobles, caen los enemigos. Permanezco de pie más allá de lo que el cuerpo aguante, sangro y vivo, doy estocados incluso en el infierno. Prepárate para atravesar las puertas del averno.

Las estrofas del poemario perdido de Gutecur, el guerrero que abatió al dragón milenario, quien derroco a la guardia de la oscuridad, el que piso las cadenas de un golem hasta convertirlo en su grupa, un héroe que tiño de sangre la armadura ajena a todo aquel que luchaba contra la paz. Extrañada ante el recital de Golocom, porque pocos conocían las historias, menos conservaban su memoria y aún menos las honraban en el campo de batalla.

Corre ajeno a la herida mortal que le puede causar el Okaiden en un enfrentamiento frontal, saja de primeras la cola que intento golpearlo, corta las alas en un segundo movimiento y cercena la cabeza de la bestia en una estocada en salto que apenas perciben los ojos naturales de un humano, gracias a la celeridad de la visión Sundria no escatima en analizar los geniales movimientos del bárbaro.

Esquivó la cola al rodar por debajo, evito los golpes del brazo izquierdo y derecho al colocarse a la diestra y zurda del enemigo en ambos casos y sorteo la mordedura al girar cuál molino ante un huracán.

Golocom cae herido, las magulladuras ante el esfuerzo de una estocada sublime saja tendones, músculos y arterias en mayor o menor medida. Un movimiento solo a altura de Gutecur no lo puede ejecutar un profano, salvo preparación intensiva durante la mayor parte de su vida. Sundria siente el tremendo impacto de quien arriesga la vida a pesar de saber los contratiempos que puede causar a su cuerpo, incluyendo la muerte.

Acude a Eolo el disloco elemento que tanto permite el vuelo como un lanzamiento. Arrojarlo lejos y salir de allí junto a Golocom no le parece una medida nada desafortunada. El segundo Okaiden ve la luz, tras romper la crisálida.

Invita al viento a que tome sus fuerzas ya de por sí exiguas dado el acceso antes a fuego y hielo. Blanquecinos los ojos, chupadas las mejillas, translucidas las venas que pierden sustento. La fuerza vital palidece al igual que su aspecto, vuela la criatura dando un tremendo y brutal golpe que cuanto menos lo atonta.

Intenta Sundría estabilizarse, tantear el terreno con una bota deshilachada. Resbala y no por voluntariedad, la magia la ha debilitado gravemente. Ambos ella y Golocom permanecen cuasi inertes viendo como el Okaiden avanza golpeando incisivo contra incisivo en una clara muestra de que la comida está servida.

— Sundría luchas con valor. Ganemos nuestra mayoría de edad combatiendo, no huyendo. Derrotar a un Okaiden merece  una alabanza, dos es cosa de leyendas.

— Golocom, te diría inepto… Volvamos con honores.

El valor vigoriza, la fraternidad bien entendida duplica las fuerzas, el deber adormece y el consentimiento de tu corazón a lo luchar por lo que crees te otorga la victoria.

Restaurados por una magia desconocida para los que caen derribados por la desidia, el falso cansancio o la fe pura en la derrota, restauran su posición de combate a la par que oyen los latidos del compañero. Los mueve no solo la motivación de un nombre en los escritos o narraciones de todas las épocas, sino el salvar a quien se juega la vida a tu lado. Golocom pronuncia:

— Salgo de la senda del cobarde, mostrándome valiente ante lo que acontezca, aunque ya mi vida no crezca. Empuño la  espada aferrándome a la esperanza sin final, en mis manos tengo el golpe letal. Propino al acero mi corazón en una sujeción   que no tiene parangón. Sufre mi estocada, dame tu toque único que convierte todo en nada.

— Acude a mi mana de lo etéreo, provoca en el aire un cisma, rebasa el poder que dirigiré con mis manos hacia mi adversario, estalla en la tierra y colorea el cielo.

Camina la criatura segura del sabroso bocado, la cola monta un estruendo, las alas baten en pos de los que ahora se levantan. El instinto le dice a la bestia que las circunstancias han cambiado, los acabados reviven y suponen una amenaza mortal.

El hambre lucha contra la supervivencia, el azar sonríe al bárbaro y la maga, ganan las ansías de una sabrosa comida.

Incita el guerrero al Okaiden, le muestra un flanco desprotegido, ataca con los dientes en un picado que aterriza en la tierra. Golocom hace una seña visible a Sundria, está preparada de antemano libera el hechizo que musitaba. Libera una onda explosiva que distorsiona el mismo espacio. Vuelan restos de cola, alas y extremidades, la cabeza dentuda aún muerde el vacío. Ataca el bárbaro oscilando la espada arriba y abajo, acumula la estocada final y al quedar el rostro de la bestia ante sus ojos cruza el acero en su carne. Desintegra al demonio sin dejar una sola pieza.

Salen de la mazmorra a duras penas, apoyado el uno en el otro. El contacto entre uno y otro dialoga más que de la batalla crucial mantenida. Imponen una alianza en ese tacto próximo que jamás se rompe.

Los distintos gremios apenas cruzan palabras. Honran al bárbaro y a la maga, no solo por ganar la mayoría de edad, ya que les imponen sendas distinciones.

El guerrero consigue el ungimiento en su piel del ultimo acero de Gutecur, Sundria logra la reunión de astrales y espíritus afines en una ceremonia cuasi olvidada.

Una partida de caza del clan Gris incita a la rebelión de los invitados al formar un tumulto por la desaparición de jóvenes en anteriores expediciones. Golocom, una voz respetada por todos los inhibe a mostrar violencia, él se ofrece a terminar con la amenaza.

Baja el sendero hurgando en su piel las cicatrices del Okaiden y los tatuajes del acero de Gutecur, mantiene un recuerdo que lo mantiene lejos de la guerra sin frenos. Un palpito acrecienta sus pasos, la fragancia no solo retrae recuerdos, sino que lo llama a gritos. Ve a Sundria a pocos pasos del bosque que mantiene un horror en sus extrañas.

— La archiconocida maga, el terror de los espectros, la duelista de hechizos supremos, la mística Sundria.

— Muchos tus apodos bárbaro, solo tu nombre ya impone respeto, Golocom.

Un pequeño rubor toca las mejillas del guerrero que no intenta frenarlo, la osadía de sentir también hace al valiente. Acerca su cuerpo al de la mujer con un nada fingido entusiasmo, los brazos abiertos ajenos a un rechazo, cuando recibe una muestra que no esperaba.

Sundria cierra los labios con fuerza en los de Golocom, una reunión insólita para el barbaro que no esperaba tal recibimiento. Sucumben a los encantos de la pasión desenfrenada, un instante para tomar aire y después el respiro.

Miran el bosque como una prueba de madurez, superada la adolescencia esto supone menos que un decálogo de pasos acertados. Atraviesan las ramas, entierran al golem de arena con un solo mandoble y un hechizo.

Superan el tramite con nota. Excelsos transcurren sus días juntos, no se conoce una pareja más letal que Golocom y Sundria.

El relato favorito para sus oídos y corazón el de la mazmorra, allí se conocieron y en el hondo de sus almas se prometieron siempre permanecer juntos.

 

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