AGUAS DE CAMBIO

AGUAS DE CAMBIO

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Se dan cita las olas en un mar convulso, tanto por la balanza en constante movimiento de sus aguas como por la fortuna tirada por la borda de un capitán. Empeña en las aguas azules las botas, el sombrero y hasta una vela menor en un arrebato de generosidad no bien utilizada. Trata un marinero de aspecto timorato de convencerlo con una orden débil, que ni siquiera llega al tono de nana, por lo que no funcionan las palabras:

― ¡Déjelo ya, se va a arruinar!

Contesta arrojando al gran azul su camisa, los pantalones y un cofre tan pesado que por poco lo tira por la borda a él mismo. El marinero enjuaga su frente por el esfuerzo supremo de contenerlo y de no ahogarlo con sus propias manos.

Prueba con la indagación, ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de su comportamiento? ¿A dónde le dirige el lanzar los objetos al mar?

Escoge la mejor de las preguntas:

― ¿Qué haces?

De súbito, paralizado como un conductor responsable ante un stop, frena toda actividad. Ve el capitán al marinero. Rememora los inicios de grumete y escarba en la asiduidad de ese hombre por pararlo, hasta que decide no eludir la verdad.

―Pierdo la memoria.

― ¿Cómo la pierdes?

Una ceja más subida que otra muestra la incredulidad del ocupante del barco con menor rango. Reserva en su mente lo que realmente piensa de su jefe, está loco. Un majadero que elimina las riquezas no se mantiene en sus cabales.

No le contenta al capitán la actitud escéptica del marinero y opina en su fuero interno que le viene bien una disertación, una lección, una muestra del botón con el que ha cosido su vida.

―Escucha con atención. Las botas causaron asaltos a fortines privados, a casas en las me adentré sin permiso y forcé no solo sus goznes, sino a quienes allí vivieron; por lo tanto las ahogo. El sombrero me tapó el rostro ante la vergüenza que sentía por los masacrados en un viaje militar que yo dirigí sin preguntas, solo conté el dinero. Robé la vela menor a una fragata que más tarde se hundió, y por ello me culpé. Manché la camisa y los pantalones al cargar el cofre que arrojé. Las prendas y el baúl eran regalos de mi difunta mujer.

Consternado el marinero no sabe por dónde empezar. Arma en su mente tantos juicios como adjetivos peyorativos, asesino, violador, mercenario, pero no halla un motivo por el que tiro los regalos de su esposa. Caza en tierra de egos y pone de manifiesto su hoja impoluta de servicios.

El Capitán guarda silencio y le señala un dedo diciendo:

―Te veo más manchado que yo, sigues a mi servicio.

Furioso el marinero no aguanta la insolencia de lo que él cree la mentira de un malvado. El capitán no opone resistencia, esboza una sonrisa ante cada golpe, incluso le sugiere en el oído:

―Quédate con el barco y abandóname en el mar.

Empuja a su antes jefe a las aguas embravecidas.

Sobre el vehículo de madera, el marinero asciende a capitán de navío. Mira al hombre en el agua como a un pez, lo considera  un elemento normal, no fuera de lugar. ¿Quizás confunde los pulmones con branquias?

La merced de una climatología no adversa ayuda al antes tripulante del barco a tomar tierra con su cuerpo como único medio de flotación. El harapo de sus calzoncillos tapa lo imprescindible. Ríe ante la conquista de la arena caliza, sonríe por la trampa en la que ha caído el marinero.

Engañó al  marinero relatándole  las vilezas, lo único cierto de su discurso fue la mención de su mujer y el hecho consumado de tirar el cofre por ella.

¿Por qué mintió al marinero? Para despojarse de los bienes materiales, para desapegarse de ese barco y enseres que tanta alegría le dieron, para remontar en la vida, para alejar al marinero de corazón oscuro que no dudo ni un segundo por la codicia y para nadar en las aguas tranquilas de un nuevo comienzo.

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