¿Crees que soy diferente?

¿Crees que soy diferente?

Acudo a clase con el puntero laser de la discriminación en mi frente. Ululan las voces como lobos hambrientos de miedo. Antepongo el valor de un rugido silencioso, me erijo como el león de mi corazón. Nada en mis oídos solo el molesto zumbido de unas abejas con ganas de expulsar su veneno. Coloco mi estuche en el pupitre como los demás alumnos, nada me distingue de ellos.

Suenan voces de discordia entre las abejas, un gremio de bondad se enfrenta a ellos. Aparecen ante mí como un salvavidas, un bote al que echarme si me faltan las fuerzas. Voces de chicas y chicos abuchean a los que me tratan con insultos que no vale la pena retratar, pues sus palabras escupen la negrura de su ponzoña. Gana en intensidad el clamor en mi favor, oigo con claridad una ovación en cuanto pasan lista. Aplauden la mayoría, el coro minoritario agacha las orejas avergonzado mientras que yo sonrío.

El maestro quiere endosarme unos ejercicios más fáciles a lo que me niego, sitúa su boca junto a mi oreja para descifrarme algo que conozco de sobra, yo defiendo mi inteligencia fuera de toda duda o condición, por lo que expongo en voz alta:

   — Quiero los mismos ejercicios y exámenes que los demás.

   —  Muy chulito el retrasado.

   — ¡Acepta la rebaja, idiota!.

   —  No nos vengas con tonterías de superdotado incapaz.

Ahogan sus ganas de hundirme en una distinción que yo no acepto, no me dejo hundir con su torpedeo de insultos y provocaciones.

Un chico de amplio vigor físico y mayor entereza mental pone en su sitio a los que dibujan un retrato inexacto de mi persona.

   —  Él os va a demostrar que os equivocáis espabilados. Profesor deje que Héctor calle más             de una boca. Seguro que os sorprenderá, pero a mí no puede hacerlo.

   — ¿Por qué a ti no Guillermo? — pregunto con una curiosidad malsana.

   — Yo confío en ti.

No puedo más que llorar por la emoción de quien asume mi igualdad. No contaba con ningún apoyo de camino a la escuela, en cierto modo tenía miedo, pero ahora tengo una alguien en quién apoyarte, un soporte, un baluarte para alzarme contra la adversidad. Empiezo a creer en mí mismo de nuevo, tras la pequeña caída que me provocaron aquellos que ahora callan.

   — Profesor mis ejercicios iguales a los demás, gracias.

De nuevo, aislado por una voz tenue, el supuesto educador expone en mí oído:

   —  Si fallas no será porque no intente ayudarte.

Mi mejor respuesta no vendrá en una frase vehemente o con una queja. Agarro la hoja con la fuerza de un ciclón. Empiezo a estampar mi nombre para que quede claro quién es el autor de lo que sigue. Descifro con soltura los garabatos de las matemáticas, e incluso expongo cómo y de dónde provienen las fórmulas que uso.

A continuación, detallo en el apartado de historia la vida y obra de Napoleón, sus vicisitudes como soldado, líder y emperador incluida su reclusión en una isla. Me centro en fechas, detalles y características del genial general, pues sumo a mi redacción las novedades que introdujo en los movimientos de tropas, cuál ajedrecista en un tablero, pues era capaz de mover los peones con tal destreza que los convertía en reyes y ganaban las batallas.

Turno para la anatomía, describo los músculos conocidos y los que aún desconocen la mayoría, como el psoas al que llaman el musculo del alma, el encargado del balance en la estructura de las personas. Nos ayuda en la flexibilidad, fortaleza, movilidad, y funcionamiento de nuestros órganos.

Entrego mi hoja con la dignidad de un soldado ascendido, porto en mi pecho los galones por adelantado. Encuentro la mirada reprobatoria de mi profesor que aún no cree en mi habilidad intelectual, dejo que mis hojas disparen a su cerebro lo que es un hecho: «Soy igual a todos».

Golpes metálicos sucedidos con un ritmo que anuncia el recreo, no espero una acogida buena, quizás me esperen los que me odian sin motivo. Cabizbajo entro en la amplia explanada de grava, un campo de futbol y baloncesto. Adoro el futbol, el control del balón, los regates y el chut colocado, no el efectuado a bocajarro sin puntería. Supongo que me tendré que conformar con «ver los toros desde la barrera», nadie me escogerá en su equipo. Cabizbajo me imagino jugando a la par que disfrutando del juego colectivo.

De repente, una figura sitúa el balón junto a mis pies, visualizo una fortaleza inexpugnable, un torreón de músculos en el que predomina un gran corazón: Guillermo.

   — Vamos a darles una paliza a esos engreídos, ¿de que juegas Héctor?

   — De media punta.

   — Te veo el parecido a Messi.

   — ¡Qué va!

La mención del genial jugador argentino sin verme mover un solo pie me fascina, aunque me avergüenza, quizás no cumpla sus expectativas. En el otro bando los que me odian ríen en voz alta y exponen:

   — Guillermo quiere perder.

No necesito que me defienda el vigor de mi amigo, pues así lo demuestra con sus actos. Espero con ansias el inicio del partido. Rueda el balón, me desmarco, Guillermo ve el pase con facilidad, acomodo la pelota con la izquierda. Me salen al paso dos centrocampistas, cosido al pie el esférico regateo a ambos con una «croqueta», le hago un túnel a un defensa, ya solo queda el portero, que corre a la desesperada a por mí. Elevo el balón ante su salida y de una perfecta vaselina marco un gol que enmudece a más de uno. Mi amigo aplaude con ganas, tantas que enrojece sus manos por el entusiasmo, no solo él me felicita sino que también el resto del equipo me alborota el pelo y oigo: «eres un fenómeno», «contigo ganamos seguro», «buen fichaje Guillermo», «están arrepentidos de no contar con tu talento, mira como les escuece».

No me crezco por los elogios. Acabamos ganando cinco a cero, marcó dos goles más y reparto dos asistencias, una a Guillermo y otra a Ricardo.

Al finalizar el partido espero una mirada de recelo, un odio aún más acérrimo, una punzada de ira en los corazones de los que me suponen un enemigo. Contrario a mis expectativas acuden a estrecharme la mano con ganas, el cabecilla dice:

—   Únete a nuestro equipo de futbol, junto a Guillermo sois un tándem temible y así ganaremos por primera vez el campeonato. Me llamo Miguel, pero espero que te conviertas en nuestro compañero.

—   Eso, eres un diez increíble. Soy Raúl y espero que esos pases me los des a mí también.

—   ¡Bienvenido! Soy Carlos.

—   Contad con mi zurda, chicos.

Unas lágrimas afloran a los balcones cuasi cerrados de mis ojos, los tres mencionados ante mi expresión de alegría me abrazan. Un deporte me ayuda a englobarlos en mi cruzada por la igualdad. Andamos juntos de vuelta como una piña, el cambio es notorio en el ambiente, el filo de la navaja del odio sin razón ya no corta.

Los pupitres y las sillas rechinan ante los deportistas cansados. Restos de bocadillo aparecen en algunas bocas. Reímos al unísono, Guillermo ya no necesita ser maestro de ceremonias, me aceptan como uno más.

Entra el profesor con el rostro algo lívido, serio, como si llevase una pared de yeso incrustada en la cara, de lo blanca que estaba. Toma un borrador, quita los dibujos de Ricardo que lo caricaturizan:

—   ¿Quiero el nombre del autor de este dibujo? —pregunta el profesor en tono exigente.

Un silencio sepulcral por respuesta, los chivatos quedan fuera de este aula.

Al mirarme directamente, yo contesto:

—   Ni idea.

La mirada de Ricardo, Miguel y Carlos se cruzan con la mía en en un gesto de aprobación.

La pregunta queda sin respuesta. Tras el borrado de la caricatura, el profesor escribe con letras mayúsculas. Toma más de un grano de arena del reloj del tiempo, esperamos ansiosos por descubrir qué realiza tan minuciosamente. Termina la primera letra, la rellena casi como un grafiti, continúa hasta terminar la sexta letra. Muda la clase por entero, yo el primero. Un nombre destaca a lo ancho y largo de la pizarra.

El motivo de la inscripción nos pone nerviosos, en especial a mí. Despeja las dudas como en una ecuación alcanza el valor la «X».

—   Esto es una disculpa y para que quede bien claro que eres el que mejor ejercicio ha hecho de la clase. Perdóname por dudar de ti. Como prueba de tu buen hacer permanecerá en la pizarra durante toda la semana.

Alborozo general, muestras infinitas de cariño de mis compañeros y amigos. Una revolución tiene lugar en nuestros corazones.

Ni una sola mención a lo que parece diferenciarme de los demás, se le denomina «Síndrome de Down», también se excluye por raza, etnia o religión, lo importante es lo que todos tenemos, el factor clave y decisivo: el corazón.

 

 

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