Epopeya de una espada errante

Epopeya de una espada errante

Convocadas las sombras del páramo, inducidas a una veloz destrucción que nos amenaza mientras me mantengo erguido con el pomo de la espada clavada en tierra, preparado para dar estocadas hasta que el último de ellos caiga.

¿Cómo se propició esta batalla? Por una traición a mí mismo.

En una taberna con el licor cayendo, cuál océano de asas, bebía con tal avidez como masticaba carne. Deshuesaba los trozos de aquel animal con las manos, el cuchillo apoyado en la mesa parecía un adorno.

Unos telones rojos raídos traían a la memoria lo que antaño había sido un teatro, ahora desprovisto de toda representación, solo podrían tomarse como actuaciones estelares las de los borrachos con sus diálogos locos y las piruetas involuntarias por resbalones.

Eché una cabezada durante un rato. Cuando desperté un tumulto entró con la velocidad de un rayo. Emitían sollozos, vi asomar lágrimas, anunciaban una catástrofe. Un hombre de edad avanzada con un bastón de roble preguntó en voz alta:

̶  Necesitamos a un buen guerrero, que no tenga miedo. ¿Alguien es capaz de enfrentarse a la misma muerte?

Sonaron las carcajadas como alfileres en el orgullo y la preocupación de aquel anciano. Los machetazos de las burlas tornaron rojizo el rostro del hombre que hizo retumbar el suelo con sonoros golpes de bastón. Les recriminó su actitud:

̶  Aquí sentados llenando los estómagos y el ego. Mucho habláis de vuestras proezas, pero lo que yo veo son falsos héroes y reales desperdicios de hombre.

Las verdades duelen, ni qué decir tiene que me escoció el comentario, aunque soporté la provocación, no así muchos de los presentes. Levantaron los puños comensales y bebedores para descargar la ira sobre aquél que los había insultado. Claramente percibí la estrategia de aquel valiente, pues espetó:

̶  Esa pose de combate, vuestra fuerza indómita, dejadla para lo que ya viene. A dos tercios de terreno, en la villa de Gostrerark un monstruo devoró a la mitad de la población, secuestrando a las mujeres y dejando a su merced a los niños. Perecieron los hombres, los valerosos y los cobardes, estos últimos con mayor sufrimiento. La criatura parece disfrutar con el miedo de sus víctimas. ¿Quién quiere escribir su hazaña en la historia y ser recordado para siempre?

Diez de los agraviados dieron un paso adelante, los restantes veinticinco se acomodaron en sus asientos quejándose de antiguas lesiones, argumentando no estar en condiciones por la borrachera o demasiado cansados como para dar una buena batalla a la criatura. Muchos de ellos decían: «Si estuviera en plena juventud» «Me cogéis en mal momento viejo, yo podría haberos librado del mal», palabras poco sinceras de hombres débiles de corazón.

Cinchas gastadas, espadas oxidadas, escudos mellados y pobre determinación en aquellos diez combatientes. Ávidos de gloria, exentos del verdadero poder de un héroe.

Miré a cada uno implorándoles en silencio que abandonaran, ya que adivinaba su suerte. Ellos colocaban sus armaduras demasiado amplias en un cuerpo que emitía la fragilidad y la debilidad, por una intención nada noble. El brillo del oro en sus ojos, además de falsas promesas de reinos. La palabrería del hombre surtió efecto en los desgraciados. Trunqué el plan maestro de aquel engaña héroes con una acción de la que hoy me arrepiento, ya que grité:

̶  Me presento voluntario viejo, cuenta con mi mandoble.

Descubrí mi rostro curtido en las hendiduras del tiempo, las marcas de ceniza bajo mis parpados, el negro absoluto de mis ojos y el color ambarino de mi rostro. Voces de alarma surgían de gargantas aterradas, saltos hacia la calle en estampida y la deserción de ocho de los antes autoproclamados salvadores de Gostrerark. Maldijeron mi nombre, me tildaron de monstruo, opinaron con gratitud sobre la tan famosa frase que me acompañaba:

̶  Mirad si tenemos entre nosotros al acompañante de la muerte, el emisario que sobrevive a todas las batallas dejando la destrucción total a su paso, el esclavo de los cadáveres que pisa sin remordimiento. Aun así, ¿te llamas héroe Songfull?

Todos mis falsos nombres apiñados, sin un ápice de verdad. La leyenda no cuenta lo que el boca a boca pierde, pues salvé a tantos como pude. Dejé de oír el abucheo general. El anciano, sin embargo, aprobó con entusiasmo mi llegada con un tono más que jocoso:

̶  Bienvenido, ¡héroe!

Salimos en tropel, los destinados a combatir la amenaza, la manada de borrachos insultándome y el último reducto de habitantes de aquella tierra ahora maldita. Cruzamos el puente derribado, cuentan las crónicas de Aldebor que jamás ha vuelto a su normalidad desde que entorpeciera la salida de las hadas. Unos; lo achacan a la mente retorcida de un chiflado, yo; le adjudico una historia real, pues conozco más de lo que aparento y callo más de lo que sé.

La estructura desnivelada, el hierro oxidado, la piedra casi carcomida nos permitió avanzar despacio, hasta que ocurrió el naufragio inevitable.

Un chapuzón alocado. De los aspirantes a héroe de la taberna, el menor de ellos, casi imberbe asió el agua con nulo resultado. Las olas lo metían dentro del río negruzco.

Nadie aminoraba la marcha, lamentaron el hecho con una mirada cargada de pena. Soportar al destino tiene un peso que yo no estaba dispuesto a asumir. Me liberé de la pesada armadura, dejando únicamente atado a mi dorso la espada Kolgrean. Sumergido en el agua, buceé en busca del que esperaba no se hubiera ahogado. Ramas, raíces y el barro entorpecían mi labor de rescatador. Trataba de visualizar una burbuja o una señal inequívoca de dónde se encontraba.

Noté un raspado viscoso, casi una descarga eléctrica de alerta en mi cerebro. Atravesaba las aguas un ser que mantenía al desdichado bajo su cuerpo. Vi con claridad los incisivos, la fuerte mandíbula abierta casi al completo, semejante a una serpiente dragón, apretaba los huesos del imberbe, que soltó una burbuja de aire.

Empujado por la natación aprendida del famoso tritón Kupi, hallé a la criatura y al muchacho. Cuando desaté a Kolgrean que refulgía cuál luna llena, siseó la serpiente dragón. Soltó a la presa para encarárseme. Aceleré con los pies y una brazada me llevó al pecho del malvado acuático, al que herí de gravedad por los restos de sangre que pululaban por el agua.

Encolerizado bramó con tal estruendo que desestabilizó mis oídos y por ello perdí la orientación. Comenzó a virar como un tifón, al no poder enfocarlo me propinó un golpe con su cola. Grandioso el animal, con una envergadura mayor que la de un barco mercante de cien cañones, alzaba orgulloso su cabeza para introducir en sus poderosos colmillos a su comida: ¡Yo!

Un acto que creía imposible sucedió y nos despistó a todos, nosotros los rivales implicados no caímos en su presencia, el muchacho aprovechó la ocasión para derrotar a la criatura. Añadió a la herida grave lo mortal de un corte con una espada herrumbrosa de apenas filo. Sirvió el ímpetu, las ganas y el valor. Cayó la serpiente dragón con un ahogado sonido, junto a él un héroe en ciernes. Perseguí al nuevo caballero hasta lograr aferrarlo. Estallaban sus pulmones bajo mi abrazo por la necesidad de oxígeno, no así los míos por el entrenamiento con el tritón.

Ovacionado por error mi nombre fue coreado a lo que enojado aclaré:

̶  Él es el verdadero héroe, merece no solo vuestros cuidados, también debéis agradecerle que nos haya librado de la criatura. Bajo el fondo conté más de cien cadáveres, ya no podrán añadirse nuevas muertes a la serpiente dragón.

Nuevas voces me seguían nombrando como modesto, porque el cuerpo de aquel héroe no les parecía el adecuado para derrotar al monstruo. Acogieron al chico en una camilla improvisada de tejidos rasgados y trozos de madera, le dirigían miradas de aprobación. Creció en mí una preocupación mayor, todos festejaban a excepción del anciano.

Crucé la mirada con el dueño del bastón, este al percatarse disimuló una rabia nada oculta a mis ojos. Una voz entrecortada por el esfuerzo me quitó la intranquilidad:

̶  Gracias de corazón, Songfull. Me llamo Itirel. ¡Acerca la mano quiero darte algo!

Alargué la mano sin esfuerzo hacia mi herido compañero ¾así lo sentía en aquel momento¾, en cuanto sus arrugados dedos tocaron los míos un poderoso fuego prendió mecha. Bombeaba a un ritmo mayor que de costumbre, aunque el cuerpo permanecía en una extraña calma. Orientaba la mirada más allá de cuanto podía ver, la tierra rompía igual que una ola, el mar temblaba por el seísmo de las corrientes, el viento quemaba con un sol singular, el astro volaba lejos del suelo por un tornado. Contemplé a un rey en un trono de huesos, mordisqueé la manzana carmesí durante mi mandato, porté en las manos el ojo del fuego y vagué en tierra de luces sin sombra. ¿Miraba al futuro o a un presente cercano?

Perturbado por la visión quise esclarecerla en el acto. Noté el frío que acompaña a la contraria de la vida. Itirel había muerto librándose de una aclaración de lo que me deparaba. ¿Quizás la serpiente dragón le dio la información o poseía un poder mágico?

Muerto mi compañero, las voces que cantaban mi desgracia repartieron, con un cuchicheo incesante, mi falsa leyenda. Acallé a las mismas centrándome en librar Gostrerark del terrible monstruo que lo asediaba.

Mientras Itirel estaba sepultado entre piedras; andaban entre rocas quemadas los últimos habitantes, un anciano peculiar, el aspirante a héroe y uno tildado de destroza vidas. Rojo carbón en las chozas humildes, rojo ceniza en las ricas. Histeria colectiva en los asustados ojos de los encerrados en un poste de madera, la teja que cubría la casa o aferrados a un pomo del que no se soltaban. Querían agarrar su hogar, lo que quedaba del mismo.

Oquedad, suciedad y miedo no rivalizaban con los gestos de un pequeño que atemorizaba a enemigos imaginarios moviendo su espada de madera al aire imitándome, ya que utilizaba mi nombre. Un valiente entre cobardes. Reconoció mi figura y corrió hacia mí exento de juicios.

Abrazado al niño recuperé parte de mí, los pedazos disueltos de la guerra de Turpkartar aún me reconcomían como un gusano de hambre atroz. Percibí una fuerza mayor que la de la espada, el vigor de una energía que nunca se acaba y un antídoto contra el cansancio siempre útil. Quieto como estaba, perplejo por la dulce y grata muestra de afecto le correspondí saltándome el código austero y carente de lógica de los caballeros. Entusiasmado el pequeño entonó mi nombre con un gritó que llegaría a todo nuestro mundo, pese a sus diminutas cuerdas vocales.

Pretendía acompañarme en mi misión para ayudarme con el papel de escudero fiel, a lo que me negué con rotundidad brindándole una esperanza:

̶  Tu reino necesitaría un héroe de renombre en un par de años, hasta entonces crece, aprende y disfruta. Vendré a visitarte de nuevo, lo prometo.

Un juramento formalicé en una mirada absoluta, hendí la certeza en mi corazón de volver costase lo que costase.

Espirales de un viento nocivo corrían en calles vacías, los habitantes inquietos buscaban un refugio. Mientras el anciano me sonreía, tambores de hueso chocaron entre sí, la banda de sombras marchó al frente. El único superviviente de los aspirantes a héroe abandonó su honor para correr en sentido contrario a la amenaza.

̶  Por fin nos reunimos sin caretas Songfull, traspasa toda duda. No decapitaste al último de Turpkartar. Moré en tierra de nadie para abrazar la oscuridad, la oportunidad de vengarme me hizo soportar los innumerables dolores de una experiencia cercana a la muerte¾dijo el viejo con una voz raspada y estentórea.

Arrancó su rostro con la facilidad que aparece nuestra tercera luna. Observé los cien agujeros en los huesos y lo carcomido de su espíritu, que flotaba como un ave de rapiña, dispuesto a devorar a otro incauto polluelo. Confrontar al ejército de sombras y a su dirigente supremo, aún desconocía la identidad completa del mismo, aunque pronto quedó claro:

̶  Hermano, ya te olvidaste de mí.

Recordé el alma intrépida, el ansia de poder, lo delicado de su cuerpo, una obcecación enfermiza por superarme y los primeros años de una amistad que se resquebrajó por la decisión irremediable de mi padre de nombrarme sucesor. Me negué a aceptar un puesto por herencia y no por méritos propios, lo que infringió una nueva herida en el corazón de mi hermano al depositar su confianza en otro hombre ajeno a la familia, saltándose así la línea de sucesión.

̶  Noiseall desecha esta senda, vuelve en ti. No me obligues…

̶  Falso, hipócrita, mentiroso. Te pavoneas como el héroe que no eres, desechas un reino y me humillas. Enclenque, debilucho, copia falsa de tu hermano, todo eso soporté en mis espaldas sin reprocharte nada. Manchas el nombre de nuestro legado abandonando el reino, pones en manos de un desconocido nuestra suerte y acude la muerte. Yo soy el abanderado del último tránsito, yo merezco un trono aunque sea de huestes oscuras. ¡Te derrotaré, a por él mis vasallos!

Convocadas las sombras del páramo, inducidas a una veloz destrucción que nos amenaza mientras me mantengo erguido con el pomo de la espada clavada en tierra, preparado para dar estocadas hasta que el último de ellos caiga.

Mis mandobles tocaron vacío, ellos no sufrieron, a mí me tocó manar sangre. Giré como un vórtice de rabia, atravesé espectros que reían ante mis golpes. Sobrepasé los cien movimientos, fracaso tras fracaso, ninguno cayó a mis pies.

Bramó la risa maléfica, silenció la posibilidad de victoria hundiéndome en la derrota por adelantado. Abatido por un complejo de inferioridad, sometido a la culpa de agravar las dolencias de mi hermano solté la espada Kolgrean a tierra. Arrodillado a lo que ha de venir agradecí un fin que me quitara para siempre mi leyenda.

̶  ¡Vendrás a visitarme, lo prometiste! ¡Lucha, demuestra que se equivoca! ¡No eres lo que dicen!

Kolgrean bailó en mi mano con un fulgor diferente, crepitaron llamas de esperanza rojiza que cambiaron mis ojos. La oscuridad de mi iris y pupilas fue blanqueada por rayos que destellaron, opaqué al mismo sol junto a una rebosada energía que estremecía a la oscuridad. Eclipsé con la espada a las sombras que derribaba por decenas, cientos y miles.

Reunido el enjambre de las sombras en retirada los abatí gracias a un golpe de Kolgrean que abarcó más allá de lo visible. Quedamos mano a hueso, hermano contra hermano, humano y monstruo. Noiseall formó con su bastón una nube de polvo que comenzó a tragar tierra, viento e incluso a sus súbditos. Gritaron sus lacayos que agitados con los elementos en la nube los disparó contra mí. Evadí dos, tres, cuatro, cinco y el sexto me alcanzó de pleno en el brazo derecho. Olía a quemado, abrasada la carne mi sujeción de la espada perdió fuerza, por lo que solo la izquierda soportó el peso de Kolgrean.

Cada nube lanzada le suponía un esfuerzo inusitado, pues aun en su calavera chirriaban los dientes. Advertí que no solo utilizaba los elementos a su favor o unos pocos secuaces, si no que añadía su propia energía. Provoqué mediante numerosos saltos y carreras en zigzag que acumulara cansancio. Expuse mi espada ante su mayor disparo, aguanté toda su expresión de rabia, dolor, temor y envidia. Incrementó la absorción de súbditos e inició la desaparición de habitantes en las fauces de su remolino oscuro. Le empujé con la espada, no importándome que me arrastrara con él. Rompí las cortinas del viento. Destrocé los fondos de su aire al destruir el bastón, que le servía de catalizador esgrimiendo a Kolgrean directamente hacia mi rival. Estalló en trizas su trozo de madera, mi hermano cayó al suelo.

Me traicioné a mí mismo al no creerme suficiente bueno como para reinar, por ensuciar mis manos de sangre en guerras sin motivo, contradiciéndome al creer más lo que narraban que lo que yo vivía.

Gané la confianza perdida. Despojé a la capucha que siempre me protegía de su utilidad y me mostré tal como soy. Ataqué a la cabeza de mi antes hermano. En ese engendro solo permanecían los restos de su dolor. Paró con sus dientes ennegrecidos por la oscuridad parte del golpe. Me propinó un puñetazo en el rostro que marcó sus huesudas manos en mi piel. Cambiamos las posiciones, de pie el monstruo, yo sentado.

Mi mano izquierda tanteó en busca de Kolgrean entre la tierra, Noiseall avanzó sabedor de su ventaja. Perder la espada por un golpe, un error de principiante que podía costarme la vida y la de los habitantes de Gostrerark. Observé al pequeño de pie, orgulloso sin aferrarse a nada, estiró los dedos y me tendió el arma. Vi a la valentía residir contra el pesimismo, vi su constancia, vi a través de él al héroe que soy.

Un tajo efectuado a la altura del cuello, su cabeza vacía botó entre las piedras. Desapareció el fósil, se esfumaron las sombras y la oscuridad al destapar el sol su radiación. Cubierto el silencio de expectación rompió su pacto, estallaron las voces de alegría. Oí por primera vez una canción diferente, la muerte me abandonaba como compañera. Recité en voz baja la letra con orgullo:

̶  «Songfull héroe por condición,

Maestro de espada y corazón,

Destroza enigmas, resuelve entuertos,

Amigo de lo vivo, enemigo de los no muertos,

Cantante de ilusión por su estocada brillante,

Caballero de mirada ardiente,

A la victoria le otorga el puente,

La ilusión a su lado se desborda en una fuente,

Estrella no olvidada,

Leyenda por nosotros siempre cantada».

Malherido reposé en la tierra que me honra. Descansé mis heridas mentales y físicas.

Tuve un sanador de lujo, el pequeño no me abandonaba ni de noche ni de día. A mis súplicas de que descansara siempre argumentaba: «Un héroe jamás abandona el campo de batalla».

Recuperado al completo me despedí del pequeño con un abrazo que no esperaba, ninguno de los dos contuvimos las lágrimas. Expresé en aquel gesto lo que las palabras eran incapaces de esgrimir. La mayor estocada, la verdadera arma de aquella batalla fue la fe inquebrantable del pequeño Tojbal, al que luego le sucederían historias comunes y extraordinarias aventuras no por azar. Continué mi caminar deambulante, seguí el reguero de mis actos para cumplir lo profetizado, no sé si por destino o por elección.

Rememoré la batalla de Turpkartar sin recordar apenas haberme enfrentado a mi hermano, ¿quizás se ocultaba en un disfraz?… Al ejercitar la memoria repasé los rostros de mis contrincantes en una fila de decenas de miles y ninguno era el de él. Volví la vista una vez más hacia Gostrerark con un poco de tristeza anidando en mis pupilas. Levantaron el vuelo mis lágrimas a la par que sostuve la mirada en una nube negra que se alejaba. ¡Aún no has terminado Noiseall!

 

DISFRUTA CON LAS NOVELAS, DEL  PASO DE:

 

DE LEONES A HOMBRES

 

 

Para una mayor inmersión en la aventura te recomiendo:

Si eres un entusiasta de la fantasía:

O si quieres una colección de relatos cortos e interactivos:

 

 

 

 

 

 

Leave a Comment

Libro destacado

¡Vive la lucha del crono!

Así estás seguro de no perderte nada de esta aventura emocionante.