La cancha de la Vida

LA CANCHA DE LA VIDA

 

Vacilan los pies ante el alfeizar, resbala por la lluvia y mi agarre no supera al de los neumáticos. La antena oscila como una veleta loca o una brújula sin sentido. Contengo la impotencia porque ni tengo herramientas, ni puedo repararla. Rota al cien por cien, así reza la probabilidad. Lanza el viento el cuerpo de mi sintonizadora de canales.

Ocupan mis manos las rendijas igual que una lagartija. Me adhiero a los huecos entre las tejas para bajar hasta la escalera. Cuento con los dedos la suma de los escalones: nueve. Un triplo de tres, a saber porque me viene a la cabeza un triple fallado en el instituto. Recuerdo el gentío con las esperanzas puestas en mis dedos. Sujeto la pelota, adquiero la disposición del arquero y fallo. No soy «el famoso atraviesa manzanas». Vuelvo a la maniobra de las piernas con los tablones de madera. Se escurren las zapatillas, tropiezan, quizás por mi desastroso nudo del «conejito» (una oreja, otra oreja y el lazo). Reboto más que aquella no canasta en el aro, hasta siete… Impacto directo contra el suelo.

Contemplo a mí alrededor una realidad deforme. De buena tinta, no tan oscura como el calamar, sé que los golpes afectan mi visión. Reúno un equipo que me anima, hay tantos locales (mi familia) como visitantes (viandantes). Me pasan una bola buena: Me ayudan a incorporarme con el tacto de la bondad. Hoy he ganado el partido.

Acudo al hospital más por recomendación de los entrenadores, mis padres, que por mi propia decisión. El chichón me consume parte del rostro. Un espejo y la revisión de un doctor me dan un diagnóstico más que aproximado. ¡De dos ojos nada!, llamadme tuerto.

Paso la jornada esquivando los motes de pirata, e incluso la mofa del cíclope. Inadecuada la última porque el monstruo mitológico tiene un solo ojo, sí, pero en medio de la frente. Acostumbro a mi cuerpo a la ceguera parcial, con ejercicios tales como acciones del día a día. Transcurren horas y creo que puedo salir a tomar el aire. Esquivo la tentación de zonas altas o de rampas pronunciadas.

Cruzo mitad de la carretera hacia la acera contraria. Veo solo un tanto por ciento del camino. Me percato de que mi otro lado ocular no falla. Frente a mí una anciana que hace ademán de adelantar al semáforo. Utilizando una fórmula matemática simple cálculo la velocidad de la octogenaria (baremo esa edad más o menos) y la intermitencia del ámbar. No le sobra el tiempo.

Arranco con el motor de la ayuda a toda potencia. Rebaso mis kilómetros usuales, acelero y la sujeto antes de que cometa la imprudencia. Ella asustada mira al semáforo, después a mí en un partido de tenis ultra rápido. Fijo mi atención en sus orejas, porta un audífono. No oye el pitido que alerta del cambio. La anciana toca mi ojo dañado:

― Ves la bondad.

Gano un segundo partido. La ayudo a pasar al lugar donde me encontraba. No me importa retroceder por tal causa. Justo nos detenemos frente a una parada de autobús, un par de metros más abajo. Aguardo a que suba y tengo el impulso de coger el transporte. Pago mi viaje.

Me siento junto a la mujer. Conversamos sobre mi accidente, la pérdida de su audición, los pormenores de nuestras vidas como profesión, ella es jubilada, yo estudiante. Obviamos los nombres no nos importa demasiado hasta que abandona el bus pronunciando su nombre en manos del viento, actúo de la misma forma. Ella no me entiende por lo que lo escribo en el aire, asiente. Toma nota mental de mi nombre. Ricardo y Elisa.

Anuncian con voz robótica el próximo destino: Centro. Toco el timbre para que el conductor accione el freno, rara vez no para, aunque es mejor no tentar a la suerte. Mientras desciendo aferrándome a la barra horizontal  me cruzo con un chico en silla de ruedas. Espera el joven paciente la salida de la rampa. Funcionaría si existiera, mala jugada de la pata de conejo y fatal tiro de herradura. Rodeo sus piernas circulares y trato de subirlo, un hombre a mi lado me da el extra para conseguir la ubicación del nuevo pasajero. Me miran hombre y joven con una sonrisa que rescinde toda preocupación respecto a mi ojo, solo el adolescente dice:

―Todavía queda buena gente.

Desconozco el motivo de mi vuelta a analizar el autobús. Sentado junto al chico el hombre mueve las manos en lenguaje… de signos, es mudo. Percatado de mí mirada me hace saber con un pulgar hacia arriba lo que opina de mí acto: ¡Bien!

Una coincidencia mayoritaria unida a la de la anciana. Recapacito sobre ello mientras camino de vuelta a casa. Aburre el centro con la conglomeración urbanística  y de recreo artificial.

Justo antes de poner un pie delante de la moqueta con un título que reza: «MI HOGAR Y EL TUYO», me asaltan mis padres con un abrazo. Las lágrimas rozan sus mejillas, mido las precipitaciones salinas y las convierto en alegría. Buenas noticias.

Los resultados fallaron,  en realidad siento que no he perdido el ojo. Gano el tercer partido, no por el hecho de mirar con dos, sino porque incluso con uno veo el «AMOR».

Juego un partido al que acude Elisa, Mario, el chico de la silla de ruedas y Ernesto, el hombre que me ayudo a subirlo al autobús. No me refiero a ellos por sus supuestas minusvalías, porque valen igual que cualquier otro hombre, yo mido por el corazón. El resultado del partido lo resumo en triple ganador, ellos me ayudaron con sus ánimos.

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