La leyenda del hombre misterioso

La leyenda del hombre misterioso

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Un caldo de cultivo prepara sus efluvios, las incesantes brasas suman al fuego en un baile que lame la marmita, así como los congregados desean pasar más que los labios por el puchero que rezuma en su interior.

Entre todos, unos de ellos el más anciano oficia de orador, su voz de tenor, el semblante serio en la narración austera, una vis cómica para las situaciones estrafalarias y un tono cuasi de penumbra para el terror. Acompaña todo lo anterior a una indumentaria cuanto menos curiosa, el sombrero de ala ancha negra, una camisa blanca con volantes, el cinturón turqués y una falda que deja ver demasiada pernera. Aquilino, su nombre, cuenta historias, su profesión.

Habla ahora en voz baja, prolongando un murmullo, alargando las pausas para convertirlas en un silencio sepulcral, hasta que un parroquiano, el joven Eustaquio rompe la nota de la mudez preguntando:

  • ¿Don Aquilino no tiene algún buen relato para estas gentes?
  • Vivaz muchacho, ¿no lo querrás para disfrute propio?
  • Este puchero de Armando bien lo vale, sabe que a este mesón solo vienen los trovadores de gran renombre, pese a que lo estimamos aún no tiene la categoría de…
  • ¡El indecente Luis con sus dadivas que compra al jurado, los modales obscenos de Leonardo y sus falsas proezas de alcoba, la falta de escrúpulos de Miguel que no escatima en robar durante sus actuaciones gracias a sus compadres malhechores o la desidia de Anselmo al proclamar las heroicidades tantas veces contadas! ¡A esos los engrandecen, mientras que vosotros tenéis un sano gusto, saboreáis mis historias con el buen paladar de un publico exigente a la par que justo! ¡Como quisiera yo rapaz que me ascendieran! Pero mientras tanto, os voy a deslumbrar.
  • Cuente Don Aquilino, somos todo orejas y mudos—dice el joven Eustaquio.
  • «Hoy os cuento la verdad revelada, la maldición de un hombre misterioso. Antes del reinado de nuestro bien valorado Alfonso VII, vivía en una cabaña aislada, entre el estanque derruido y la colina de piedras un hombre solitario. Hablaba lo justo, un saludo de cabeza, pero sus labios jamás se despegaban. Salió de su casa una mañana en la que Claudio, el gallo afónico recupero un cacareo, aturdido el animal empleo su vozarrón surgiendo lo que no esperaba un aullido espeluznante.

Sobra decir que murieron las gallinas del espanto, así como le cambio el semblante a nuestro hombre.

 

Caminaba oscilando de derecha a izquierda, tambaleante por el sonido que provino del gallo, viro hacia la plaza, a un lugar concreto el pozo de los centelleos. Tiro una moneda pardusca, de poco valor, el rimbombante lanzamiento toco en cada una de las piedras rebotando hasta devolverle su proyectil directo a la mano derecha. Lo tomo como un mal augurio, pues el nombre del pozo se debía a la creencia que, al tocar el fondo, el centelleo provocado por el agua y las monedas daban el mayor anhelo o deseo al lanzador.

Cariacontecido paso de la esperanza a la desesperación al observar que sus pasos menguaban en longitud diría que había encogido. Lo tomo por una superstición.

Cruzo un saludo fugaz como de costumbre con una mujer que tapaba su rostro. Entreveía una belleza salvaje, un encanto que disipo sus vergüenzas y modales, la alabo demasiado vehementemente, sacudiendo la cintura adelante y atrás. El bochorno de un guantazo o una amonestación serían una justa condena, pero ella destapo su rostro jurando en una lengua nunca oída, deslizo un encantamiento que entro de sus oídos al corazón.

Un gato rebuzno, sí como lo oís, fulmino del susto a unas gaviotas que ladraron a las ratas y estas a su vez intentaron un vuelo que les ayudo a levantar solo un palmo del suelo.

 

Conmocionado por los sucesos del día volvió a su hogar. Durmió el resto del día sintiendo una punzada extraña en el dorso.

Ayuno para comprobar el cacareo afónico de Claudio, este no fallo a sus expectativas, los desastres del ayer estaban olvidados o eso creía. Camino por los alrededores de la aldea, buscando las zonas soleadas para despejar la cabeza. Observo como la multitud lo tachaba de monstruo, e incluso empezó la primera lluvia de piedras. Uno los lapidadores soltó la clave: ¡No tiene sombra!

 

Apenado por su cruel fortuna, camino entre oscuridad y noche, jamás visto de día por nadie, la solución dista mucho de conocerla. ¡Quizás esa mujer tenga la clave, quizás no!»

Aplaudieron, corearon a Aquilino, él los entretenía como nadie. El cuenta historias observo lo prolongado de su historia, con los parones para la intriga, la sucesión de voces cambiando el narrador de estilo y demás, según su cuenta quedaba poco para…

¡El amanecer! Salió escopeteado, dejando tras de sí los bártulos y la cena tan tardía a medio deglutir.

 

Al verlo partir tan ligero los parroquianos lo miraban angustiados a la vez que lo observaban con sumo detalle, al hacerlo repararon en algo: ¡No tenía sombra!

Lejos de la multitud al amparo de una sombra, Aquilino se preguntaba el porque contó su propia historia, el desahogo era una. De pronto sonó un carromato, intentaba bajar una mujer tapada, él vio más allá de las prendas su belleza. Optó por calmar su libido, decidió sacar a relucir la joya más preciada que poseía, su corazón.

La saludo cortésmente, la ayudo a bajar tendiendo su mano sin cruzar la mirada para que no sintiera el acoso de una mirada vulgar o el deseo de su corazón de tenerla por esposa. Ella conocedora de hechizos, sabedora de los intríngulis del corazón destapo su rostro perfilando sus labios para besar en la frente a su pretendiente. Él desprevenido sintió una costura en la espalda, supo de inmediato que había recuperado la sombra.

 

De Aquilino cuentan más historias que las que el mismo contó, unos dicen que reinó, otros que batalló en el frente, los estudiosos le apodan el mago, los investigadores le llaman el misterioso, en lo que si coinciden es que ella le denominó: ¡Su amor!

La prueba visible de su muerte y vida enamorado es la localización de unos fósiles aferrados uno a otro en una unión sin fin, murió la carne, no su amor.

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