LA MÚSICA DEL ESTANQUE

LA MÚSICA DEL ESTANQUE

 

Un concierto de ranas en un estanque, decide la fuente cortar su riego por un instante. Implantado por ensalmo un sapo corrige el alfabeto de los anfibios. Croac deja de tener uso, las ranas alarmadas ante el cambio se oponen con un coro continuo.  Salta el diferente sobre una hoja, patea con las ancas en el charco, elimina el vocerío repetitivo.

No satisfechas creyendo que un golpe de autoridad las aparta de su normal transito vuelven a las andadas. Aprovecha la ocasión el sapo que introduce palabras delante y detrás, además de en medio del croar.

Tintada una rana en el ojo izquierdo a modo de parche se erige en jefe de sus compañeras, exige una respuesta al extranjero que rompe la armonía del estanque. Alegre el sapo confronta la situación con la paciencia de quien pesca incluso en río vacío, blanco por completo casi albino no entiende de diferencias de especie y sí de otro idioma.

El autoproclamado jefe rana dice:

 ―  Croac, compañero sapo, croac, debes utilizar nuestro mismo idioma, croac, así lo dictan las leyes de los anfibios, croac, la del estanque, croac y…

― ¿La tuya? ¿Por qué no usas tu propia voz? ¿A qué o quién sigues como un rebaño? ¿Por qué te anulas?

Un chapoteo de cientos de gotas como protesta. Airados los trapos sucios al viento concurren los malos modos del que no los acepta, ya que la rana del parche protesta:

― ¿Tú te crees único, croac, diferente y especial? Acepta la norma, croac, restríngete o me veré obligado a callarte, croac.

― Una falta de argumentos se convierte con facilidad en violencia. Me marcho…

― Con tu ruido a otra parte, ¡croaaaaaaaac!

Sale del estanque con la parsimonia de una invitación, no una obligación. Celebran menos de lo esperado su marcha las ranas, lo que extraña a su jefe.

Vuelve la rutina habitual, los croacs parecen amartillar la paciencia de las habitantes del lugar, que ya no sostienen ni un ápice de entusiasmo. Atrapados en la costumbre reiteran un sonido, no más una voz grupal. Un pequeño inconveniente traba la función que no cesa, porque la afonía coge a sus primeras víctimas. Caen como abejas pegadas a un panel, el sonido del estanque pierde y la pobreza del sonido se apodera del lugar.

Quejas, disputas, peleas multitudinarias, ocurren para despejar la incógnita del mal que las aqueja. Vuelan las críticas en un bumerang que retorna con más fuerza a quien lo lanzó.

Formulan hipótesis los sabios rana en un consejo celebrado de modo excepcional y por la urgencia sufrida. Las voces de los reunidos se vuelven graves, ásperas, cargadas de culpa que son lanzadas como si fueran granadas sin anillas. Explota la crítica gratuita y el juicio supremo ejecuta un mazo que pesa en los corazones del estanque. Reunidas las posturas, aparecen teorías, la mayoría no respalda a la rana del parche y una pequeña facción abre una cerradura nunca abierta: ¡DEJAR DE CROAR!

Las noticias portadoras de gracia o desgracia llegan a todos los rincones por ello, el sapo acude al concilio, pese a no tener invitación. Un tumulto trata de impedirlo, el jefe rana y sus acólitos, pero tal es la exacerbada reacción al recibirlo que despierta más regocijo que pesar. Una facción considerada rebelde le abre paso al sapo, entorpeciendo la tarea de frenarlo de sus contrarios.

Frente a todos los asistentes toma su turno el iniciador de una opción nunca imaginada, el de un coro distinto.

― Amigas ranas, vine en cuanto me enteré de vuestra afonía. Muchos sentís ya en vuestro pecho el vacío de un canto monocorde, la libertad de expresión del corazón abarca más que una palabra. Tomad sin miedo la decisión de entonar lo que arde dentro de vosotros.

Mueve un anca cuál director de orquesta para atacar a una nota distinta en las ranas, que proclives a una nueva esperanza siguen la batuta de este nuevo guía. Nadie impone, iniciado el canto se forman dúos, tríos, hasta que la comunión en la armonía es total.

La rana del parche sorprende al verse engullida por la música y tomar el centro de la estancia en una actuación de solista. Aplaude el sapo, las ranas y el ahora solista al comprobar el nuevo sabor en la boca del alma.

Quizás te acerques a un pequeño estanque y creas que están en silencio, pon un poco más de atención para escuchar la música que nunca ha dejado de sonar: EL AMOR.

 

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