LA PIEDRA DE TOQUE

LA PIEDRA DE TOQUE

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Saltan las virutas de la madera como un volcán en erupción, ocupan el suelo igual que el magma, aunque no queman la superficie. Alisa los bordes el carpintero con una lija, el movimiento parece seducir a la madera.

Paso de largo, hasta que se sobrepone el chirrido de una máquina eléctrica. Abandonada la calle, entro en una zona cuasi desértica, un emplazamiento en el que el gris lucha con el latón, el olor a orín pugna con la pintura seca y el suelo árido trata de vencer a las cajas en el tono cromático.

Oigo el golpe de una vara contra el metal, fuertes arremetidas sin apenas pausa entre una y otra. Saco la cabeza igual que un espía, tratando de ver sin ser visto. Un chico de unos dieciocho años con corbata, pantalones de pinza y náuticas se ensaña ahora con una piedra, la lanza lejos; después cerca y la pisa con el mismo resultado: ¡A ella no le ocurre nada!

Él, sin embargo, aminora su ritmo, intercala los esfuerzos, ofrece treguas a la respiración, hasta que jadea inexorablemente. Me quedo parado, a la espera de una nueva oleada de rabia, pero de pronto llora. La roca a la que maltrataba le sirve de cubo, pues ahuecada en sus puños le sirve como tal. Mojada la piedra, él expresa su malestar:

―No encajo, ellos me odian. Soy el peor del equipo, el último al que escogen. Me hacen putadas, ¿Quizás tengan razón?

He aguantado bastante, no intervenir en semejante desvarío no es propio de mí. No salgo al rescate, sino que me presento.

Al ver a un extraño arquea las cejas. Cuadra los hombros. Cierra los puños, escondiendo la piedra en la mano derecha.

Estoy lejos de  ser un galán, cerca del desaliño en cuanto a la vestimenta, que no a la higiene. Ocupándome menos de la estética y más del interior, parezco un ermitaño. No pertenezco a esa rama, ni siquiera me subo a ella. No me importa su posible clasificación, solo el daño que infringe hacia su persona.

Tiendo una mano articulada, le hablo con la deferencia que merece:

―¡Ámate a ti mismo! No te infravalores.

De él salen las preguntas inconscientes más de cien veces repetidas por su mente en un patrón negativo:

― Es que Mario cree…

―Y pilar dice, Luis piensa, Armando imagina. Lo que importa es lo que sientes tú.

Una vertiente negativa tan fuerte no acepta por las buenas una conducta benevolente, por lo que continua con su ataque.

― A ti que te importa tío raro. ¿Paseas por este chatarrero en busca de jovencitos? ¿Qué quieres cabrón?

En otros tiempos una somanta de palos le habría caído. Lo golpeo con lo mejor: la indiferencia. Sus ataques verbales quedan sin respuesta física y vocal. El silencio nos acoge en su seno. Recojo una piedra del mismo tamaño que el adolescente y le digo:

―Ella no cambia su estado aunque la golpeas, ni siquiera te cuestiona. La lanzas de un lado a otro, la estrellas, pero cambia en cuanto te conmueves. Las lágrimas si la modifican, también la alegría porque eres tú el que la tira con armonía, la desplazas con entusiasmo o la coges con cariño. Me marcho igual que ella, (trazo un arcoíris imaginario al proyectarla hacia el cielo) puede que para ti sea un extraño, una piedra de toque, o una rueda que te active.

― ¡Aléjate imbécil!

Dirijo mis pasos a mi hogar sin escucharle.

Pasan días, semanas y un mes. En mi misma acera un instituto abre sus puertas. Salen los alumnos, unos con la mochila colgando de un hombro, otros con una carpeta. Destaca entre ellos uno que conozco, porta en su mano izquierda una piedra. La ha pintado, observa con detalle a la roca y la guarda en el bolsillo. ¿No la tira?

Aguardo por si cambia de parecer, pero manifiesta la candidez tocando a través del tejido a su nueva compañera, la piedra. El trozo pétreo, la aparente inmovilidad de la formación rocosa, un pedazo de la quietud silenciosa de medusa cambia sus componentes e incluso su significado, pasa de normal a talismán.

El joven acomplejado olvida las críticas, asume su papel como primer defensor de su persona.

No se cobija en la soledad del apartado, sino que se reúne con otros chicos de su edad.

Estudio el comportamiento del chico y de los que lo acompañan.

Él se ama y ellos a él.

Me alejo como un observador… Aunque se me ha vigilado. Un sonoro silbido me aleja de los pensamientos y me trae una buena nueva:

― ¡Gracias señor!

Extrae la piedra, ajeno a las posibilidades de burla, me la muestra con confianza, yo asiento para mí y para él.

―Gracias a ti por entender el mensaje.

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