MEMORIAS

MEMORIAS

Anteponía las miradas del océano a las de las gaviotas que como ratas del cielo pugnaban unas con otras por un mísero plástico, ensayaban picotazos disuasorios mientras localizaba un punto muy lejano y distante… Mi memoria.

 

Perdido en un muelle, ataviado con una camisa hecha jirones mire a derecha e izquierda, sin saber bien el significado de ambas, por lo que gire al modo de la peonza. Salió de una cloaca, esta vez sí un roedor, una rata de pelaje blanco, nada autóctona que me miro ensimismada. Creo que en cierto modo le correspondí.

Dos seres perdidos en un trozo de terreno que separa el agua de la tierra por cemento, el cementerio de barcos a nuestro alrededor nos mostraba que los viajes terminaron, por lo que nuestra llegada era un misterio.

 

Lenta, precavida y astuta la rata caminó hacia mí. En sus ojos rojos nada de obstinada violencia o intento de mordedura, mucha curiosidad y algo de ternura.

Intento empatizar con ella, verla y saber como ella me ve. Para el roedor soy un gigante menudo, mi metro sesenta la sorprende para para un congénere apenas destaco. Mi camisa roja con sus pantalones cortos blancos no supone un desafío a la moda, para la rata fijo un punto álgido de color mezclado que quizás la desoriente.

 

Hechas las presentaciones por un simple intercambio de miradas, nos marcamos como socios en esta búsqueda del donde, como y ¿Por qué?

 

Sin una brújula a mano tomé la natural disposición del roedor por salir de los laberintos. Cruzamos juntos adoquines maltrechos, vigas destartaladas, para llegar a un aserradero. Ubicado dentro del muelle, cuasi incrustado entre paredes de una blancura que ni un hospital. Daba una cierta sensación a manicomio, en lugar de centro medico.

Ella entraba a pasos cortos, queriendo a la par que temiendo. Puse en alerta mis sentidos aflojados.

Sonoro, duro, pero soportable. Froté la parte alta de mi cabeza a sabiendas que solo la fricción no te cura de un palazo en toda regla. Notaba el chichón aflorar cuál primavera.

Corría mi agresor, por lo que apenas pude distinguir una silueta menuda.

 

  • ¡Sal de ahí, quien quiera que seas, así tratas a los forasteros!
  • ¡Fuera de mi propiedad, sabandija!

 

Nos miramos rata y humano casi deslizándonos en el oído las palabras de… un niño, ambos lo catalogábamos igual. Ella cogió el rumbo hacia el pequeño sin dudas, temía por ella si a mí me propinó un golpe, que le podría pasar a ella.

Traté de seguirla, aunque el roedor levanto sus patas delanteras para adoptar una posición más o menos bípeda. Su mensaje fue claro, quédate aquí.

 

Esperé con cautela. Careciendo de paciencia, daba ojeadas ahora sí, ahora también.

Visualizo la reunión de la rata con el niño. Él rollizo, de generosos mofletes, la barbilla asimilada a una gruesa papada, una boca pequeña que nada engaña por su capacidad de piraña, los ojos de un azul intenso, un pelo salvaje con remolinos negros y blancos, la nariz igual a una chincheta y unas extremidades cortas. Al contemplarlo en su conjunto pese a su estatura sale de las características de los niños o los mitológicos enanos, queda un halo distinto y mágico en el aire.

Lo que sigue me deja perplejo:

  • Perséfone porque ayudas al humano.
  • No es igual que los demás, el entra en este mundo sin hechizos o por un rapto.
  • ¿De veras? ¿Qué te parece una prueba de aptitud?
  • ¿Quizás pueda ayudarnos?
  • Querida Perséfone, tú siempre tan benevolente con esta raza.

 

Incapaz de callar ante tanta locura, estallo:

  • ¡La rata habla y tiene nombre, para colmo la acompaña lo más parecido a un duende que he visto nunca! ¡Debo estar loco!
  • Alcacir enséñale tu verdadero rostro, así comprobaremos sus aptitudes. —dice Perséfone.

 

Súbitamente el rollizo cuerpo de Alcacir, su pelo encanecido y su diminuto tamaño cambian mientras una bruma de fuego y niebla domina el aserradero. Las sierras tornan espadas, los moldes de barcos son sustituidos por cofres de oro, el aserradero modifica su estructura a la de una armería.

Aparece frente a mí un homínido de piel blanca lechosa, vestido de negro azabache, tan pegado al cuerpo que casi puedo detectar fibra, musculo y hueso. Sobre el pelo del marrón de roble un casco de nieve, bajo su perfilado abdomen un cinturón de calaveras, cosido en el pecho un bordado de rosas, calzando plumas de cuervo, portando en la diestra una estalactita afilada, así como en la siniestra una vara de sauce que llora fuego sin consumir la madera.

 

¿Detenido por el asombro? ¡Jamás! Avanzo sin medida, entrando al alcance de su radio de acción, poniéndome en la posible trayectoria de sus armas. Empujado al frente no solo por valentía, ya que un sentimiento de nobleza surge de esa criatura. Noto en la misma corriente del aire un aura que ofrece bondad, una presencia que no castiga al inocente… ¿Estoy ante el dios del bosque?

  • Alcacir, perdón por mi osadía, algo en mí me dice que eres el Dios del Bosque. ¿Estoy en lo cierto?
  • ¡Ja,ja,ja! Esta es buena Perséfone, tenías razón como casi siempre. El humano lee más allá de la apariencia. Lo achacaría a la obsesión por los detalles, pero el no da muestra de analizar todo, quizás pudiera ser por la casualidad, pero sabemos que no existe. Chico, dices lo correcto.
  • ¿Puedo pedir algo?
  • Por supuesto—dice Alcacir.
  • He perdido la memoria, no sé donde estoy y quiero volver a casa.
  • Fácil de contestar, difícil de cumplir para ti.
  • Haré lo que haga falta.
  • A mí me otorgan poderes fuera de lo común, aunque también tienen limitaciones. Su uso requiere de una voluntad fuerte de ambas partes, además debes cumplir una serie de condiciones.
  • Estoy dispuesto.
  • ¡Pon atención! Recuperar la memoria te hará olvidar tu paso por aquí y a nosotros. El camino de vuelta es fatigoso, arduo y no exento de peligro, con ello no te desanimo, añádele que jamás podrás volver aquí. La ubicación exacta la sabrás en cuanto tomes el camino de regreso.
  • Estoy dispuesto, aunque no puedo de ninguna manera recordaros y volver.
  • Imposible, así están dispuestas las leyes naturales. Comienza tu vuelta, sin dar un paso atrás, girarte y mirarnos de nuevo.

Empiezo el transito a casa, no voltearme para despedirme siquiera me cuesta un mundo. Agarro la tozudez del toro para embestir hacia delante en una carrera sin precedentes. Sorteo unos troncos con facilidad a la vez que sigo unos destellos, dos fogonazos, dos esferas luminosas, dos cuerpos de luz que tiran de mí hacia alguna parte.

Prosigo una marcha acelerada, entonces escucho unas voces que me reclaman por mi nombre. Entonan, Javier, Javier, Javier.

 

Me aproxima al final de un túnel nada angosto, sin vallas o cercado que me impida el paso. Frente al espacio abierto tomo una decisión descabellada, oso tirarme de cabeza, cero remordimientos, máxima intención, me lo guía el corazón.

 

Acostumbro a los ojos a una ceguera producida por una luz sobre los parpados aún cerrados. Instintivamente coloco las manos delante, una salvaguarda que provoca una estampida alegre de voces que me llevan a una orilla pacifica, son sirenas buenas, palabras conocidas de personas que distingo con facilidad.

Estoy ante mi padre y mi hermano, me hallo en un hospital.

  • ¡Estaba perdido, gracias por encontrarme!
  • Te vimos en los alrededores de un bosque, luego intentamos entrar de nuevo, pero nos fue imposible.

 

Lo que me alumbraban eran linternas, las utilizaron para localizarme.

  • Nos aviso una rata por extraño que parezca, mientras un hombre casi diminuto al vernos sonrío de oreja a oreja. Antes de irnos la rata dejo algo a tus pies.

 

Recojo de mi hermano un amuleto, un pequeño roedor de madera custodiado por un guerrero de piel pálida. Gracias Alcacir, Dios del Bosque. Gracias Perséfone por no hacerme olvidar, por darme una memoria extraordinaria.

 

 

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