Preludio de Roca y Oso

PRELUDIO DE ROCA Y OSO

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Consume el fuego una última pieza de carbón, el penúltimo intento de un hombre acorazado. Rasca con la fricción de unos brazos y manos enormes la madera en una nueva maniobra por lograr la hoguera. Fracasa ante una luna que deja en evidencia sus fútiles acciones. Levanta un cuerpo pesado, superior al de toda una población. Mueve los dedos de los pies en un paseo involuntario. Deambula sin pensar, camina allá donde le lleven sus fragmentos.

Recoge una piedra, la recoloca en su cuerpo, se cae y la devuelve hastiado. Pierde partes de su anatomía este hombre roca. Comprueba su hombro pelado, además de la frágil columna de su pierna derecha que incluye una rodilla tan castigada como su pecho. Memoriza en grava, piensa en mineral. Discute consigo mismo la posible enfermedad.

Agobiado por su dolencia dirige sus pasos a una tierra denostada, quizás allí entre los difamados encuentre una cura.

Recuerda en los posteriores pisotones a la tierra el recibimiento en la aldea rica de Picktrug. El castillo a su entrada, no refugiado tras una muralla. Consumido su suelo por orfebres, comerciantes, herreros, señores de la guerra y amos del mayor caudal: ¡El oro!

Espabilados los vendedores le llenaron los oídos de puro humo,  unos magos de pobres trucos trataron de impresionarlo, pero ni unos ni otros decían la verdad. Gastó una fortuna en lociones cura, resquebrajamientos e incluso anti desprendimientos, aunque nada le curaba. Harto de sus mentiras golpeó a los estafadores. Llamaron a un ejército comprado para sacarlo de la aldea timadora, más con amenazas de hundir sus picas, que con ataques sobre él. Imponente, temido, no ayudado.

Tiene mucho en común con la aldea que visita, pobre, vilipendiada por las críticas, olvidada; observa un encanto en ella al igual que el que lo posee. Sujeto por la magia del lugar se pierde entre sus habitantes. Lejos de amedrentarlo le acogen como a un visitante, no le tratan con deferencia, sino igual que a los otros. Pese a la amabilidad no consigue la solución a su mal. No le engañan, tampoco le ayudan. Desesperado corre perdiendo trozos de gran tamaño, el ojo izquierdo y la pierna caen en una avalancha involuntaria. Cojo, ciego e inquieto por su posible desaparición aumenta su huida a ninguna parte.

 Alcanza el final de los dominios junto a un cruce singular de caminos. Erguido sobre dos patas un oso canta frente a un manzano. Arremete contra el árbol con una melodía que endulza incluso a los tapones de piedra. Coge el fruto con delicadeza para darle un bocado que elimina más de la mitad de su aperitivo. Juguetea con el rabito entre los molares como un mondadientes cuando ve al hombre roca, este pasa de una pétrea movilidad a la solicitud de auxilio. Comedido por una voz que espanta baja el volumen hasta un punto apenas audible:

― ¿Conoce algún brebaje o pócima que me pueda ayudar?

La pregunta timorata halla una respuesta sonora e intrépida:

― Yo mismo te curare con una serie de preguntas a las que tú mismo darás respuesta.

― No entiendo cómo me puede ayudar eso.

― Primero confía. ¿Desde cuándo te ocurre? Acude al momento concreto.

Echa mano de sus recuerdos el hombre roca con una lentitud que para su sorpresa no exaspera al oso. Agarra el instante. Lo reproduce a viva voz:

― Ocurrió tras una tormenta, escuché una voz atronadora a la par que burlona. Vi un montón de huesos alzarse.

― Ya se está moviendo. Sospecho que una época terrible a la par que fantástica aproxima sus pasos. Un recorrido de estruendos igual que tus piedras, a la vez que silencioso como el viento sin violencia. ¿Temes o quieres desaparecer? Muéstrame sinceridad.

― Más bien lo segundo.

―Elige no hacerlo. A la era que viene le atañen otros protagonistas, pero aún no toca tu desprendimiento final. Reposa en un muro de piedras, acóplate en una montaña rocosa o simplemente vive. Horas aciagas, duras o de puro llanto nos acompañan, superarlas depende de uno, por ello la respuesta a tu desaparición reside en… ¡Ti!

― Gracias me voy pensando en ello.

El oso sigue desayunando hasta que el manzano pide un respiro. Tumba el animal su cuerpo bajo su copa y alivia la reposición del árbol. Comienza a sustituir los vacíos por nuevos frutos a un ritmo pausado. Marcha el hombre roca tuerto, pero en un nuevo paso nota una visión borrosa en el izquierdo. Cojo de la pierna siniestra repara en un apoyo total de esta y de la diestra. Disfruta de su tiempo en esta tierra en la que se contará  la ‹‹Vida de una Leyenda››.

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