REY DE CORONA POBRE

REY DE CORONA POBRE

Coronado por error cargaba con una tarea que lo incomodaba, pesada en su cabeza; letal en su corazón. Introvertido redactaba sus órdenes sobre la piedra.

Rezaba a la entrada del reino: «Dejadme solo».

Un amigo de la soledad por timidez, un socio del encuentro vacío. Miraba de soslayo por la ventana de su torre por si alguien osaba contrariar su orden, porque mandaría a…

Por una vez en decenas de años la pregunta no tenía una respuesta satisfactoria. Lento, despacio como una vela desprendía calor hasta agotarse, perdió la compañía, el servicio, un ejército, la mano amiga, el consejo vital y la ayuda desinteresada.

Recorre apresurado en sus dominios extensos y llenos de soledad. Una ornamentación pretenciosa, la decoración de oro de las columnas en soportes de miles de quilates, unas bóvedas con un espejo cenital de cinco metros por diez metros, las cortinas de fina tela persa con dibujos de artistas milenarios, un suelo acristalado con estanques en los que nadaban ballenas y delfines, las habitaciones ocupadas por juguetes de cuerda, que con un giro de tuerca hacia la dirección adecuada le servían de mayordomos o compañeros y un amplio salón en el que el polvo campaba a sus anchas tapando la mayoría de objetos.

Distraído con las riquezas y lujos casi pasó por alto una reliquia, el elemento crucial de todo el palacio. Andando sin mirar donde pisaba, caminando en pos de la nada encontró el todo.

Un puntapié hizo rodar un sonajero metálico, tres bolitas enganchadas a un triángulo equilátero.  Inseguro lo observaba como a un tigre, a la espera de que lo acechara. Dejó pasar varios minutos, en los que ni una pluma lo rozó. Cauto aún, bajó su postura para aferrar el artefacto mal colocado en aquellas dependencias de su maravilloso palacio.

Experimentó un ansia repentina, recuperó parte de su agudeza, porque decidió sin miedo agitarlo tres veces, por unas palabras que recordaba tan lejanas como la distancia de las estrellas a la tierra.

Escuchó una cabalgata de vientos, el fuerte pisotón de una voz tan cálida como cercana. Preveía un sonido metálico, un tintineo molesto, el ruido de varias esferas de acero golpeándose entre sí, por lo que apabullado, atemorizado y alertado por un intruso de su presencia corrió a esconderse.

Un polizón venía a su hogar sin presentarse formalmente. El visitante carecía de modales. Aquel personaje desconocía las leyes y las normas de cortesía. Enfurecido por sus propias conjeturas, arrastrando un manto real descolorido, portando una corona de plata casi fundida y con unos ropajes nada dignos de nobleza atravesó de norte a sur, de este a oeste los posibles escondrijos de aquel maleducado.

Tan espigado que si fuera una rama se partiría, tan enjuto que las ojeras, la nariz y la mandíbula sobresalían como fosos de negrura en un rostro pálido cuál hueso de marfil. Andaba sin preocuparse de una llamada a los centinelas o la posible repulsión que le produciría a su rey soberano, lo miraba de hito en hito. Sonrió exhibiendo a la luz unos dientes sanos cuando esperaba un racimo negro de incisivos y muelas.

– ¿Cómo osas perpetrar mis dominios? ¿No sabes leer?

– ¿Por qué me llamas y luego me acusas?

– Se me cayó el sonajero.

– Tú llamada proviene de otro lugar.

Dio un repaso nada austero con los ojos febriles de un miedo, que lo hundía en nuevas preocupaciones: ¿Cuántos serán? ¿Qué lugar maléfico es el que dice?

– No procede de ninguna persona más allá de estos lares, ni de un elemento ajeno a tu reino.

– Tus adivinanzas me ponen enfermo.

– Pediste compañía, aprovéchala. ¿Por qué no resolver este acertijo para empezar?

Empezó a cavilar sobre las respuestas, desechó muchas, casi pronunció una docena de ellas, pero se decidió por:

– ¡He sido yo, de mí proviene!

– Un inicio prometedor.

– Solo…

Una fumata blanca, la nube de ceniza de apenas puntos, una explosión del mismo color que una paloma sustituyó al invitado. Estupefacto, el rey entró en la amargura de una perdida repentina. Comprendió que aquel individuo lo estimulaba, le permitía una vivencia mayor que la del ermitaño y huraño a partes iguales. Gritó:

– ¡Vuelve, por favor!

Apareció por ensalmo, la misma pirotecnia tuvo lugar.

– Progresas con gratitud, perfecto.

– No me abandones…

Ipso facto lo dejó plantado sin raíz que lo sostuviera. Al verse de nuevo en el mismo estado profirió:

– ¡Acude, por favor te lo pido!

Reapareció sin tanta parafernalia, los juegos artificiales de la cortina blanca perdían fuerza, por lo que el invitado advirtió:

– Repasa tus palabras y cómo te encuentras, una nueva oración desafortunada y…

Recapacitó con solemnidad, un asunto importante merecía una profunda reflexión. Se desentendió de grandes pensamientos para analizar un trozo arrugado, expuesto bajo una coraza, el elemento que suena al que no oía: ¡Su corazón!

Sostuvo la palabra soledad o la mención de esta en el baúl prohibido de su boca y memoria. Emocionado por el tesoro descubierto le preguntó:

– ¿Quién eres?

– Tú feliz reflejo del futuro.

– ¿Qué me acontecerá?

– Si sigues en reclusión, desaparecerás como he hecho, si optas por una apertura de tus murallas entenderás mi aspecto y más cosas. Me marcho para que deliberes. ¡Nunca estás solo del todo!

Un día bastó para empezar una demolición a sus malsanas costumbres. Bajó el puente levadizo, quitó el cartel que amenazaba, e incluso tomó el camino que daba paso a lo desconocido. Entró con un pie en tierra de todos, no solo suya. Accedió al pueblo, provisto de riquezas materiales incluidas las ropas y la corona. Contemplaron los habitantes del reino una mirada libre, no a un cruel monarca, por lo que empezaron a acercarse con premura. La avalancha no le asustó en absoluto. Inició un acto no planeado regaló su bufanda a quien no podía resguardarse del frío, calzó con sus botas al que pisaba con miedo a lastimar sus pies, hasta que formuló:

– Las riquezas me han convertido en un Rey de corona pobre. Hoy traspaso mi título a quien lo merece.

Levantaron la mano, docenas, centenares y millares a excepción de un habitante que sonreía. El poder no le interesaba lo más mínimo, detestaba la opulencia a la par que mostraba el mayor de los tesoros. Al verlo el rey se decidió por él, a quien nada ansiaba, el que nada pretende reina mejor que quien lo desea. Supo de inmediato que su decisión había sido acertada.

Se encontró aquel monarca con su reflejo del futuro en otro tropezón, al caérsele el sonajero encontrado en palacio en una caminata. Ya desposeído del título al verlo le dijo:

– Ahora soy más rico que nunca. Ya entiendo el porqué de tu sonrisa y la felicidad de tú corazón: ¡Son las mías!

No volvió a encontrarse con su reflejo, vivió más de cien años amándose a sí mismo y siendo amado por todos.

 

 

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