SASTRE PARA TODO

SASTRE PARA TODO

Sobre unos dedos, un alfiler que hila tan despacio como la zozobra, enhebra un tejido inanimado, una marioneta que mutilada por un desaprensivo se recupera gracias a los cuidados del particular sastre. Amilanado por un nuevo jirón descuida una puntada, entonces oye un sonido lastimero.

Sale a la calle espantado ante la posibilidad de que un niño necesite ayuda, pero no encuentra al infante. Vuelve deprisa por si la televisión o la radio están encendidas, tampoco halla la respuesta.

 

Retoma los utensilios, ajusta un botón… Entonces escucha, y no oye.

Mira sus manos, la bobina y a la marioneta que emite un sollozo, además de soltar una lagrima que barniza sus partes de madera y moja la tela raída que apenas lo cubre.

 

Las opciones que tiene: asustarse, temer al muñeco de madera, huir despavorido por un supuesto encantamiento o tratar en consideración la dolencia del herido. Opta por lo segundo.

 

Ve por primera vez, cambia la marioneta por un paciente. Estudias las posibles causas: el corte o el pinchazo duele, quizás el nudo o el lazo ayuden más que sesgar, rajar o romper trozos. Mueve los utensilios en un frenesí en pos de la sanidad al enfermo.

 

Desde abajo, el tronco, la unión de rama y tela, la mal llamada marioneta expresa en palabras lo que necesita:

 

— No quiero un remiendo, o una solución temporal, me gustaría algo más duradero. Una tirita o un yeso tampoco me resuelven gran cosa. Pensaba en algo que amolde más mi cuerpo.

 

Piensa en lugar de preocuparse por la nueva muestra de humanidad del objeto. ¿Qué podría curarlo de verdad? Saca de la chistera una posibilidad. Lejos de responder con una palabra acaricia al muñeco. Estremece la madera que cruje, por lo que dirige con su sentir el afecto sin cortapisas.

 

Despeja sus dudas respecto a lo que necesita, le transmite un toquecito suave de energía, sana el destrozo en un instante.

 

— ¡Comprendes sin necesidad de aclaraciones! ¡Gracias por hilar tu corazón junto al mío! Te ofrezco una recompensa por gratitud, no lo tomes como un favor por favor, aunque deberás confiar en mí.

— Claro, nada temo, ¡ya no!

— Anuncia en tu tienda que compondrás trajes a medida para el corazón.

— ¿Pero…

— ¡Sin dudas!

— Está bien, no tengo nada que perder.

 

Abre su tienda al día siguiente. Vacía el escaparate, los maniquís exhibidos quedan expuestos ante el fuego para la chimenea. Un calor agradable en invierno que atempera la estancia. Un cartel luminoso expone su nuevo y único servicio. No pocos curiosos acuden por el boca a boca, la afluencia crece tanto que muchos esperan fuera su turno.

Un primer cliente pregunta cómo puede curar su desamor, el sastre nada dice solo acerca su cuerpo al que sufre, le tiende la mano para estrecharlo en un abrazo que sacude los males que afligen al hombre. Lejos de apartar el cuerpo por miedo, el contacto afloja su caída al abismo, el cliente tiene ante sí una red a la que subirse. Poco a poco detalla su historia, a lo que el sastre une retazos de alegría, le ayuda a cortar con el pasado y le indica como aceptar su presente. Desorientado el cliente desea saber de su futuro a lo que el sastre-sanador responde:

 

— Tu traje está listo, ahora colócatelo, no te lo quites nunca y verás cómo te va.

 

Acude una mujer en estado depresivo, las lágrimas aflojan incluso antes de pasar por el marco de la puerta, el sanador no la consuela, pues le indica:

 

— Cosa su boca, estírela para que forme un arco perfecto. Enséñeme el vestido cuando lo consiga.

 

Ella destensa los labios, el musculo sabe bien donde está el arcoíris, al mostrar la sonrisa toca los peldaños del cielo. Asevera el sanador:

 

— Ajusta este vestido pase lo que pase, ante cualquier decisión o acto porte este vestido.

 

Un anciano entra junto a un niño, ambos dispares, aunque enfermos de distintas dolencias. Refunfuñón el primero, posesivo el segundo.

Doble prueba para los arreglos del sanador. Expone a los dolientes:

 

— Señor, la rabia no pega bien con los latidos, juegue más con los colores, por lo que a cada arrebato de furia le corresponde una chaqueta de aceptación. Espere que se la coloco.

 

Enfunda la chaqueta al anciano, ajusta a los ventrículos un alfiler que pincha los delirios de la rabia, por lo que desinfla el mal humor.

 

— A ti pequeño te ofrezco una colección de americanas, camisetas y pantalones.

— ¡Todo para mí!

—Son objetos mágicos, tienes que repartirlos para que surja efecto el hechizo, sino no funcionarán.

— ¡Me encanta la magia! Los regalaré.

 

Vuelven los cuatro al cabo de una hora, los efectos positivos no tardan ni un segundo en mostrarles una nueva realidad. El hombre camina enamorado de sí mismo, lo que ya supone un gran paso para encontrar el amor. La mujer baila en lugar de andar afligida, sus continuos saltos en los labios mostrando la sonrisa le deparan cosas maravillosas. El anciano evita los conflictos, porque no encuentra a su paso los problemas al aceptar la vida tal como es y el niño recibe un gran poder el de la gratitud de pequeños y grandes, aprende que lo material jamás gana a una muestra de amor.

Tras tal sucesión de ventas, el sanador pasa sus días en esta nueva consulta hasta que recibe una visita. Oye el repiqueteo de la ventana, espera una silueta grande o pequeña, jamás diminuta.

 

— Veo que utilizas bien tus dones. Enhorabuena, las cosas mejoran para todos, incluso para mí, tu primer paciente. No puedo adelantarte tu otro regalo, espera lo inesperado.

 

Pasan los años mientras la tienda gana fama, el sanador vive bien, aunque un asunto le preocupa. Pese a los múltiples intentos de tener un hijo con su mujer, no logra hacerlo.

 

Tanto tiempo preocupándose por los demás y cree haber desatendido su propia parcela. Pese a ello no cierra, mantiene sus servicios y confía no solo en que ayuda, sino que recuerda una promesa lejana. Mantiene la fe.

 

Sucede lo que la ciencia desmentía y los cuerpos decían. Su mujer da a luz, esperan un niño. Acude al parto, al verlo salir no le pasa desapercibido un pequeño detalle que llama la atención a los médicos, aunque con una conclusión errónea. Ellos achacan esa señal a un descuido de los cirujanos o un fatal error de los enfermeros, él ve claramente un hilo y no duda que el muñeco cumplió su promesa.

 

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