Sonrisa abatida

SONRISA ABATIDA

Absurda la pantomima de un bufón que no sonríe, ahuyenta a su público más fiel: los niños que lo encuentran un esperpento, un bicho raro que vive disfrazado con unos colores que él no representa. Arrastra los zapatones en un caminar pesado, los hombros pesan quintales, las piernas parecen ancladas a tierra y el corazón jala las esquinas mugrientas como un adhesivo que no se despega.

Sucio por dentro y fuera, así halla el payaso una condena que lo persigue sin tregua.

Apodado el payaso infeliz, cara triste o boca seria deambula entre barrios en busca de una limosna a la que nadie contribuye.

Utiliza el mil veces repetido truco del trilero. Usurpa la profesión de un juego que tiene mucho de engaño y poco de azar.

Cae en la tentación de engañar al prójimo secundado por un compañero disfrazado de superhéroe, no en su momento de esplendor, sino en un claro declive hacia la jubilación anticipada.

Un posible timado acude a la llamada de dinero fresco, el canto de sirena de una cantidad que supera con mucho la mínima inversión en el juego lo llama irremisiblemente, pese al cuadro abstracto de un payaso infeliz y un superhéroe acabado. Circula la bola o eso parece entre los cubiletes a un ritmo frenético, el superhéroe efectúa entonces el gancho, pues antes de que juegue la víctima pone su supuesto dinero y gana en tan difícil juego. Tras tirar el anzuelo se marcha el cómplice.

Juega el ciudadano que rebosa de confianza tras ver como un hombre de mayor edad y con apenas capacidades obtiene un botín. Pierde la primera mano, e incrementa la apuesta, seguro de captar el movimiento, vuelve a perder y acude el superhéroe para terminar de sacudir el dinero del pobre engañado.

Pincha el costado, un dolor punzante araña más arriba, el pecho sostiene un dialogo cada vez más lento y doloroso. Cae despanzurrado el payaso sobre la mesa de juego, los cubiletes involucran a ambos como tramposos, pues ni una sola bola aparece en los mismos. Aferra inconsciente el falso cómico una bola que introduce en el juego únicamente cuando el superhéroe tira el cebo ganando.

Recoge el dinero un hombre que aprende la lección, al mismo tiempo abandona al tramposo, mientras el que decía ser amigó, cómplice o gancho corre solitario junto al botín de otros incautos, además de agenciarse una propina de los objetos del payaso.

Suenan los pasos de transeúntes que ignoran la situación, nadie se preocupa por si respira adecuadamente. Sigue la vida.

Opinan del desdichado que la bebida perjudica mucho, o la gran adicción a las drogas. Especulan sobre la causa exonerando la empatía, la buena ciudadanía o la ayuda del samaritano que se pierde a marchas forzadas.

      — ¿Estás bien payasito?

Palpa con sus manitas un niño la cara rechoncha del payaso a la par que su perrito lame sus manos en una reanimación nada usual.

   — Despierta payasito que empieza la función!

Cobra color la antes pálida cara del payaso, el colorete blanco incluso parece tornarse carmesí en sus mejillas. Abre los ojos desmesuradamente al notar una lengua rasposa y viscosa que recorre su faz una y otra vez.

Entornada la vista repara en la ilusión no perdida del niño y la entusiasta mirada de un animal que no emite juicios, veredictos, lo acepta pese a su rostro hosco.

Huye de ellos pues pueden herirle de nuevo, niega la gratitud e incluso una mera prueba de jovialidad.

Escucha aún en una distancia no muy lejana cómo el niño agradece al perrito los primeros auxilios. Premia al canino con una golosina.

Ambos soportan el duro golpe del frío cortante de un payaso que se apoya en un banco con las manos la cara para que no se le caiga de la vergüenza.

Asolado por viejos fantasmas apenas cree en sí mismo, cómo poner un grano de esperanza en lo demás si dejan marchitar la siembra o la estropean.

Levanta su cuerpo para golpear una maltrecha lata, la mira y se siente identificado. A ella le cuenta sus pesares en una conversación en la cual no obtendrá replica.

   — Tú como yo, un objeto que recibe golpes de desalmados. Tú como yo al abasto de quien     quiera hacernos mal, tú como yo no devuelves el daño, tú como yo tirados en la calle soportando otro día hasta que nuestra materia se rompa. No me muestres tu lado débil, ya que yo te enseñare mis cicatrices, sí, incluso las invisibles. Durmamos juntos los apaleados en esta fría noche.

Recolecta papeles de periódico, cartones y un botín inesperado un gorro poco agujereado. Cubre lo máximo que da de sí el exiguo dosel, manta o edredón improvisado de cama. Clausura el día junto a sus ojos para acoger la noche.

Despierta con la alarma de la vigilancia del parque, unos golpecitos despectivos de porra en las costillas para que despeje su cama nocturna. Instaura al gruñón que bufa al hombre de seguridad instándole después a seguir una senda muy conocida: ¡Váyase a la mierda!

Recibe un despectivo comentario sobre él, nada nuevo, no necesita ni escucharlo, imagina el adjetivo pordiosero, basura o algo por el estilo. La papelera huele más rancia de lo habitual, por lo que deberá proveerse el desayuno en otro lugar.

Los pies rechinan en el empedrado por el paso nada cadencioso que tiene, observa un pequeño tumulto, unas voces vejan a otra. Insultos infantiles, nada de lo que escandalizarse hoy en día. Intenta pasar de puntillas hasta que pone especial énfasis en la figura maltratada. Los puños pasan de ser espectadores a propinar sendos golpes, las palabras vienen ahora cargadas con más violencia si cabe.

Un ladrido lejano irrita a los tiranos, aunque no los ahuyenta. Protege el animal a un niño que está bien seguro el payaso no es su dueño, acude este acompañando a su mascota. Interviene en el rescate de un modo casi heroico, inutiliza la violencia interponiéndose en los golpes para recibirlos él y el perro. Ninguno de los dos ofrece respuesta ni queja alguna, aguantan como rocas el envite de unos niños que por desgracia no nadan contracorriente.

Pasean por los alrededores otras personas que no quieren apercibirse del suceso, ladean las cabezas, protestan en voz baja o simplemente los tachan de maleducados sin ayudar a los indefensos.

Harto de la sociedad cero compasiva, harto de su propia persona incluso, reacciona:—

   — Niñatos fuera de aquí!

Por primera vez su sonrisa abatida presta un buen servicio, lo iracundo de su mirar, el negro túnel de su boca cerrada que no deja ver un solo atisbo de gozo les enseña a los niños una figura que atemoriza. Inunda el terror a los pequeños, un payaso malvado los amedrenta.

Libres de la golpiza, los tres rescatados dedican una sonrisa que deshoja capa a capa las facciones duras del payaso. Traba con ahínco de colocar un muro para no caer en la fragilidad de un cristal que pueda romperse. Tarde para amurallar su fachada, los niños abrazan al payaso pese al hedor que emana, le dedican carantoñas e incluso el perro lo saluda como a un viejo amigo.

Rotos los cínicos comentarios sobre sí mismo, abre una ventana en la que corre un aire nuevo, el quizás asoma con fuerza…

Su mano se desliza por la cabeza de los niños y el perro en una caricia torpe, que camina entre el coscorrón y el desbarajuste de los pelos. Ellos leen en el gesto un cariño genuino. El pequeño dueño del perro le dice:

   — Tu sonrisa es bonita, traeré amigos para que vean tu espectáculo.

   — Yo también — indica el otro niño.

Marchan juntos, ambos compartiendo la hazaña de ser salvados por mí cuando ellos mismos libraban una cruenta batalla.

Recojo del suelo un bocadillo a medio comer, una exquisitez que no concurre muy a menudo. Unas rodajas de salchichón que alguien desecho porque no le gusta, me sustenta por un rato o todo un día dependiendo de dios sabe qué.

Dios esa mística presencia que no hallo. El obrador de milagros que me olvida, el justo que me castiga. Abandoné todo, incluso la fe.

Acuden las palomas a desintegrar los restos que pululan por el parque, en un acto considerado les ofrezco unas migas. Tras soltarlas al suelo las veo comer en silencio, un pequeño bote de oxigeno me libera. No sé el porqué de mi actitud, pero un bienestar me embarga de súbito.

Trazo una estratagema sutil, si el pequeño atrae a más clientes, eso significa más dinero. Imagino las ganancias de mi engaño, el juego de los cubos ya es difícil de por sí, más con la sutil trampa que los enanos jamás descubrirán.

Practico durante la mañana. A mediodía bebo de la fuente mientras que observo la desgana a usarla después de mí, mejor así soy el único propietario.

Vienen en tropel, un pelotón listo para el fusilamiento de sus huchas. Mis manos comienzan a una velocidad normal, dejo que gane una mano el más pequeño de los críos que esperan aumentar sus ganancias para chucherías, algunos de ellos sueñan en voz alta con piruletas o regaliz.

Derroto a dos de un plumazo, el tercero duda, por lo que le dejo ganar una segunda vez. Atrapados todos en el sartén de la farsa, cueco a fuego lento su bancarrota. Desplumo a todos los enanos que salen cabizbajos, furiosos unos; incrédulos otros; acusan a los que los trajeron hasta aquí.

   — Mentirosos, estáis compinchados. —Nos incrimina un niño pelirrojo.

   — Mal amigo. —Acusa otro niño con gafas de culo de vaso.

Los señalan como claros culpables, mientras yo quedo en un segundo y cómodo plano. Me abandonan sin un mero enojo en sus ojos, no ocultan sin embargo la decepción, la frustración de verse engañados. Me digo a mi mismo que les enseño la verdad de la calle, los instruyo para los momentos difíciles.

Vuelve la tarde solitaria, no hay visitas para este preso por propia voluntad. Asoman nubes de tormenta, de no encontrar resguardo alguno me voy a calar. Llenos los cubos de basura de inutilidades, cartones ahora mojados, ni un resto de comida, desde luego ni por asomo un chubasquero o un paraguas.

Cae como una mortaja en mi cara la lluvia, puesto que muere algo de mí en esa tormenta. Navego entre la culpa y la tristeza más desgarradora. Con certeza en mi funeral si alguien pasea escupirá sobre mi nada gratificante trozo de tierra, nada de flores, ni siquiera un solo espectador satisfecho. ¿Queda alguien que conozca de mi antigua gloria?

Aquellos años de risas no grabadas, de improvisaciones desde el amanecer hasta el ocaso. Figura reconocida del «Circo Inmemorial», curioso que el nombre ejerza una maldición pues nadie tiene en su memoria al gran payaso «Bicolor».

Mezclé por vez primera el blanco homogéneo con el negro, una revolución en la época y esta tierra castiza. Oigo los ecos de centenares de personas coreando mi nombre antes del espectáculo, los aplausos antes, durante y después de mi salida a escena.

Olvidé como sonreír, también olvidé sus risas.

Duermo intranquilo, el viento frío no consuela tras un aguacero. Traquetean mis huesos igual que un tren para la demolición. Soleado el día no calma el hielo que me punza. ¿Bronquitis, un resfriado severo, la infame pulmonía o la siempre diagnosticada gripe?

Respiro con dolor, aquejado de un malestar que me impide el normal desarrollo de mis ayunos, raro es el día de un desayuno suntuoso. Arde mi cabeza, la fiebre se propaga con rapidez. Una fortuna, así tengo leña en alguna parte para este duro invierno. Quema con demasiada rapidez, el sueño que me entra amenaza con la inconsciencia.

Ladra un perro, imagino que me mea en la cabeza como una despedida. Dos sonoras bofetadas me sacan del remolino. Enfoco a duras penas, reconozco a los dos chicos y al perro. Intento sacudírmelos de encima, ahuyentarlos para que me abandonen en mi soledad, no necesito a nadie nunca sale de mi boca. La enfermedad actúa por mí y me dejo llevar.

   — ¡Graciaa… as!

   — Calla, payasito te vas a poner bien.

Idean un modo de salvarme, agrupan plásticos para colocarme cuál camilla, el enfermero de apoyo será el perro. Dudo del buen hacer, me equivoco.

Salimos del parque con rapidez, las habilidades del perro, al que observo con detenimiento por primera vez, son las idóneas es un Alaska Malamute, un perro de trineo.

Toco la acera con la mano, la noto lánguida, el poco peso en ella me convence de lo pésimo de mi estado. Demasiado pequeños mis salvadores no tienen el puñetero móvil que sacaría las castañas del fuego, por lo que comienzan a gritar como lobos en pleno aullido. La manada la completa el perro que une su ululato, los peatones se giran consternados. Miran la dulzura de los niños que quieren salvar a un payaso, suerte que desconocen cuan desalmado soy.

Duermo sin ser de noche.

Despierto con una aguja clavada en el antebrazo, el goteo del suero casi se acaba, una enfermera entra y cambia la bolsa, un gesto robotizado, ni el menor atisbo de compasión, no la culpo. Últimamente fustigo demasiado a mi persona, quizás vuelve la debilidad, maldita la capucha inocente de esos pequeños encaprichados en que vuelva a mis buenos años.

Acude el doctor bien pasado el mediodía, por lo menos saboreo un desayuno completo, seguro que quieren despacharme cuanto antes, no sobran camas. Atiendo a su aspecto, no parece un médico a la vieja usanza.

La fiebre me hará delirar, lo que asemeja uniforme es túnica. Espero un diagnostico fatal, él me sonríe.

Suena el silencio, ejercita la sonrisa más allá de las comisuras, toca más que con un bisturí por dentro. Petrificado, aunque no de miedo. Quieto en apariencia él, mueve algo que ni siquiera logro explicar.

Apenas lo veo salir de la habitación, una armonía en sus movimientos lo convierte en una danza. Sale dejando un vacío, pero al recordar su visita me lleno por completo.

Urgido por verlo de nuevo arranco la vía. Ausencia de pasos en el pasillo, ni siquiera un guepardo puede girar a tal velocidad una mísera curva a la derecha. Mi habitación es contigua a un pasillo que no tiene salida. Busco en las habitaciones su cuerpo y lo que logro es obtener una reminiscencia de su paso.

Con mis pintas de mamarracho encaro a cada paciente preguntándole por el médico de esta planta, ni uno solo emite un retrato robot parecido a la figura que no hallo. Delato cierto nerviosismo, sobrepaso la efusividad, algo demasiado excéntrico incluso para mí. Noto una aceptación que supera con mucho mis expectativas, creo que los asalto, pero ellos contestan con mucha cordialidad. Casi parece que les caigo simpático. Desecho la idea por estúpida mientras algo desilusionado vuelvo a mi camastro en espera de mi puesta en libertad.

Tumbado mirando a las musarañas, agitando los ojos e incluso disfrutando del vuelo de una mota de polvo recibo una segunda visita. Mis salvadores me miran incrédulos, levantan la ceja con escepticismo, incluso uno de ellos trata de decir algo cuando el otro lo calla situando la mano en su boca. No intercambiamos palabras, les debo mucho como para pagarles con la cruz de una moneda, les ofrezco la cara, les doy un abrazo.

Noto como sus bocas forman el ángulo de la sonrisa.

   — ¡Dale un achuchón al perrito! Lo merece.

Da vueltas la gratitud en mí como un llavero que ya no giro solo por azar. El dueño del perro me informa sobre su valiente amigo, lo esperaba fuera, aunque deseaba entrar. No lo dudo, ni por asomo. ¿Entiendo incluso ahora el sentir de los animales? Tengo que pedir más de esta morfina.

Pasamos un rato agradable, ellos me decían que había cambiado, que siguiera así.

Quizás deba darme un repaso detallado en el espejo. ¿Gano tanto con la falta de maquillaje?

Final de la visita, transito en la habitación, mi similitud con un globo va en aumento a cada paso. Floto en lugar de andar, así lo noto, aunque la realidad no lo plasme.

No retraso mi entrevista con el espejo. Mis manos señalan con claridad no las siete diferencias, sino una única, primordial, fundamental y especial. Ancha, clara, nítida, más que un esbozo o esquema, dibujo una sonrisa en mi rostro.

Recupero así un trazo de mi historia, pesco con la caña y sin sedal los trágicos momentos con los que perdí la sonrisa:

Antes de una función mientras calaba mis pulmones de tabaco, escupí maldiciones a todo lo existente por dos malas noticias. La primera fue que mi compañero de fatigas se había marchado. El payaso con el que conseguía la ebullición de los aplausos, el amigo que compartía proyectos además de charlas y abrazos fuera del escenario. Abatí todo resto de amistad al tratarlo de pusilánime, pisé sus intentos de mantener y retomar el contacto tras su marcha. Si bien hinqué una pierna en el abismo, el segundo suceso me lanzó de cabeza al mismo.

La segunda ocurrió cuando volvía a casa borracho vociferando mi mala suerte. Empeñado en pagar mi frustración con los demás. Yo la víctima; los demás verdugos. Entonces, pude percibir en aquel momento el cruel silencio del abandono. Encontré una nota encima de la mesa que me confirmó lo que la ausencia de sonido anunciaba. Leía cada letra aglutinando pólvora en mis nudillos, estampé el puño sobre la mesa de cristal hasta hacerla añicos. Fractura de muñeca, rotura de corazón.

No la puedo culpar, nuestra relación se mantenía por comodidad. Indagué sobre ella un tiempo, luego borré todo rastro.

«Os perdono a ambos».-me dije a mí mismo.

Veo detenidamente en el espejo la transformación, corren lagrimas alegres por mi faz, un acontecimiento genuino y único para mí. Un reflejo fugaz de una túnica aparece en el cristal, bendigo con las manos el encontrarme.

Día de la inauguración, los festejos de la ciudad toman diversos espectáculos como representativos, además de ofrecer una oportunidad a nuevos talentos. Mi viejo número del timador permanece de por vida anclado a otro yo, vengo con un arma pacífica que nunca falla.

Se encienden los focos, el nerviosismo tras el telón hace mella en mi confianza. Aguardo los minutos para afrontar al temido miedo escénico con valor. Cuento en mi esquina con tres ayudantes que al verme resbalar en el terror me sacuden con palabras y un ladrido. Desaparecen los fantasmas, libero sus cadenas.

Ninguna idea preconcebida, solo una meta: conseguir sus risas. Muevo los brazos como un avión que de repente se estrella, me levanto fingiendo dolor a la par que busco al que me ha tirado. Estiro mi camisa holgada, pego un golpe al aire que me encajo.

En todos los movimientos espontaneidad, destrabo mis inquietudes. Un sentimiento escampa su don por los asistentes, mis ayudantes y yo mismo. Sonreímos y reímos al tiempo.

Así es como logré vencer la sombra de mi sonrisa abatida.

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