Un tamborilero real

Un tamborilero real

Una noche de invierno gélido crujían hasta los huesos al caminar por la acera.

Las farolas parecían mirar de reojo a dos valientes transeúntes: los dos diferentes en tanto e iguales en nada. 

Surgió de imprevisto desde la esquina el menos favorecido físicamente. Caminaba patizambo con continuos achaques causados por una enfermedad.

Sus tics nerviosos lo alejaban de la gente si no lo hacía antes su aspecto demacrado. Vestía ropas andrajosas repletas de oquedades y de una mugre tan consistente que el liquen parecía su primo hermano. Un incómodo parpadeo mantenía su ojo en un interminable bizqueo, lo que propició que un resbalón lo dirigiese hacia un hombre orondo.

Golpeó al obeso con una fuerza no tan desmedida, quiso el endeble atraparlo con sus manos torpes, pero los enjuagues de licor del otro impedían aún más un contacto ya de por sí difícil. Cayó con estrépito, por su frente manó un color carmesí. El flaco observó asustado la sangre y comenzó a chillar despavorido.

Los gritos en realidad eran una especie de ululatos, de salvajes gruñidos de pavor que atemorizaron más al rechoncho. 

Observó el delgado como rama de sauce al ahora caído, unas ropas lujosas, oro en cantidad ingente tanto en su bolsa pegada a la cintura como en las filigranas que adornaban su jubón, el manto, la pechera e incluso las botas. La delicadeza en la seda, una camisa ribeteada, los volantes de los puños le mostraban un poder ingente: ¿Pertenecería a la realeza?

El más pobre de los dos tendió su mano que temblaba más que una hoja en un huracán, su contraparte le dedicó unas palabras teñidas de ira:


     —  ¡Goooy, tug soberghanooo! ¡Galdias a míííí! ¡Castegadleeeee!

La borrachera diezmaba su lengua que trastabillaba las frases, aunque el mensaje fue oído con claridad por su séquito. Donde fuere el rey contaba con una guardia escogida, la que replegaba los secretos fuera de la alcoba, además de sus melopeas.  

Ensañaron sus puños en el rostro del desgraciado, trazaron golpes en toda su anatomía pareciendo al terminar más un cadáver viviente que un mendigo hacinado en una porqueriza. 

Hartos y cansados del pasatiempo levantaron a su rey, riéndose entre ellos por soportar la carga de un cerdo cargado de dinero. 

Un alma caritativa salió de su escondrijo, fiel a la oscuridad, amante del pasadizo de las cloacas aquella mujer apodada «La Rata»arrastró a sus dominios al hombre destrozado. 

Curó al dolorido con un trapo sucio que mojaba con asiduidad, el empeño y su cariño adormecían las heridas e incluso lo sanaban.

Ella conocía al desdichado de los fisgoneos a través de sus dominios de baja alcurnia, pero jamás le dirigía palabra alguna, salvo una pregunta:  


      —  ¿Cómo te llamas?


      —  Pomporopopom, pomporopopom…

El conjunto de vocales y consonantes parecían un repiqueteo de lluvia o una cacerolada, ella lo interpretó a su modo y le dijo: 


      —  Tú serás Pedro.

El rey despertó de su caraja maldiciendo a los cuatro vientos el encontronazo con alguien. Preguntó a sus lacayos si había tenido algún percance matutino, pero ellos no lo sabían. Inquirió entonces a su guardia real, quien le dio todo lujo de detalles sobre el pobre desgraciado. Surgieron graves acusaciones de sus bocas, le vertían ponzoña en la oreja para que aplicará un castigo ejemplar, la culpa definitiva para que nadie se riera del accidente de su soberano.

Los guardias reales divisaron a Pedro de lejos saliendo de las cloacas, su cuerpo patizambo, los andares raquíticos, la endeblez física y algunos vestigios de la paliza lo corroboraban como el próximo ajusticiado. Pedro trató de zafarse, imploró con sus gemidos, nada le sirvió. 

Adoctrinado por sus guardias el rey ordenó que le ataran las manos, colgaran un tambor de su cuello y le obligaran a tocarlo de sol a sol. Sonaba el pom pom porro pom pom.

Las manos encallecidas, el sudor resbalando, la sangre manado de los dedos y salpicando en el tambor. Retumbaba el reino con un concierto monocorde, repetitivo y sin sentido, pocos trataron de evitar la condena. Pedro continuó su castigo.

Llegó la noche, con él un conclave secreto, las hienas con armaduras de hierro, los guardias pretendían destronar a su rey. Una boda próxima los alejaría de los faldones de su soberano y con ello los despojarían de sus privilegios para otorgárselos a su nueva reina, además se cernía una guerra contra un posible invasor por lo que o bien luchaban en el frente o perdían su buena vida a manos de una dama.

Bebió el rey junto a sus guardias, lo llevaban a un callejón lejos de los ojos humanos cuando escucharon un redoble más que conocido. Trataron de alejarlo, Pedro vio en sus semblantes las fauces de lobos hambrientos de poder e interpuso su cuerpo a las espadas que blandían contra su injusto rey. La sangre de Pedro despertó al monarca. De su borrachera. El sacrificio del tamborilero ayudó a que pudiera pedir auxilio. Salieron de su escondrijo soldados fieles, campesinos de bien y leñadores que sepultaron con sus armas a los malvados.

Pedro no pudo tener un entierro real, pues ni al monarca se le permitía otorgar tal privilegio a un hombre perteneciente al estado llano. 

Su cabeza ardía en deseos de darle un homenaje póstumo, el distintivo que lo colocara más allá de su supuesta categoría. El rey le debía la vida, estaba tan seco de ideas como manco en aplicarlas, hasta que una voz surgida de las cloacas entono una canción:


“Yo quisiera poner a tus pies,
algún presente que te agrade, señor.
Más, tú ya sabes que soy pobre también,
y no poseo más que un viejo tambor,
viejo tambor, viejo tambor.
En tu honor frente al portal tocaré,
con mi tambor”…

Desde entonces cada día se entonó esta estrofa en honor a Pedro. 

A lo largo de los años, la religión y los “corre ve y dile” se añadieron más párrafos a la canción que renació de la cruda historia del Tamborilero real. 

 

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