Una carta misteriosa

Una carta misteriosa

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¡Devuelto! Reza el acuse de correos a la carta certificada. Oteo el sobre arrugado en busca de un fallo excepcional, una grieta comunicativa, la interposición incorrecta de palabras hacia el equívoco, un idioma inventado o la dirección del mismísimo santo grial, pero nada de eso. Compruebo por aburrimiento en el navegador la calle. Sigo el itinerario medio preso de la curiosidad y medio esclavo de la aventura. ¿Quién sabe que encontraré?

Anuncio al viento la contaminación. Raspo una cerilla contra el borde de la caja para encender el cigarrillo. Costumbre molesta claman algunos, nostalgia indico yo. El olor de la yesca, su color sobre la madera me recuerdan a las excursiones de niño, ataviado con una mochila, cargando el bocadillo y el agua durante caminatas  en las que recordaba la importancia del «Aire puro». Ironías del destino no filtro lo que meto en mis pulmones. Me afirmo con rotundidad que el tabaco calma mis nervios, a medida que pasan los segundos de la frase ni yo mismo la creo. Huele a chamusquina, mis dedos nerviosos casi achicharan la misiva. Palmeo como un ventilador dinámico, a más movimientos de flamenco menos ascuas.

Giro dos veces a la izquierda hasta que ocurre lo previsto: el mapa está en beta, por lo que me doy de bruces con una pared adoquinada, el muro no permite el paso. Reorientado el navegador me aleja igual que un  huracán de la zona e indicándome el tiempo promedio y los kilómetros: cincuenta kilómetros, una hora. Con el poco ejercicio y la ocupación del humo en mis bronquios me parece la proeza de un atleta olímpico. Aliso los vaqueros para un trote que no galope más veloz. Incremento las pulsaciones con la ligereza de un motor a reacción. Pronto acude a mí el cansancio como una losa en los gemelos. Los pinchazos casi revientan la cubierta, mis neumáticos piden una pausa, estoy a punto de la tan temida «pájara».

Miro el letrero con inocuidad: «Objetos perdidos». Por seguridad ante mi propio despiste leo el remite que secunda al letrero. Un fallo de principiante ante un cartero no profesional. Exudo tanto que la camiseta verde adquiere el tono de la oliva antes de su maduración. Desde fuera no me convencen del todo las dependencias, parece una casa particular, no un organismo oficial. Dudo en la entrega, pero el sobre esta a la vista. Oigo un timbre recurrente dentro, llaman. Escucho los telefonazos en un papel de espectador. Nadie levanta el auricular, por lo que me otorgo la nueva labor de teleoperadora. Descuelgo el antiguo modelo, en el que los agujeros y los números te asistían en un sistema que ocasionaba pocos fallos ante el digito que marcabas. La voz que suena al otro lado… ¡Es la mía!

―No cuelgues, presta atención. Parece un sueño, aunque no lo es. Piensas en estirarte de los mofletes e incluso una bofetada para despertarte. Justo ahora lo niegas para aseverarte que no deben ingresarte en el manicomio. Suspiras…

Justo emito una bocanada, me merezco un soplo de aire «fresco». Frena la… mi voz para proseguir:

― Mira el remitente.

Una orden directa a la que no me niego. Sorpresa, sorpresa, también soy yo.

― Anonadado, ¿verdad? ¿Cómo se te olvido que mandaste una carta, y lo que te reconcome en realidad es porque hablas contigo mismo? Ya te sitúas en otra disyuntiva. Tranquilo no te abdujeron. Quedan pocas alternativas. Observas tu reloj.

¡Mierda! ¡Adivina todo lo que voy a hacer justo antes de que ocurra!

― Inteligente tu siguiente postura, la de permanecer inmóvil, pero fallas de nuevo. ¿Abriste el sobre antes de entrar o por el camino? Te pica la curiosidad, vamos.

Caigo en la tentación. Abro y veo el contenido que me leo yo mismo al otro lado del teléfono.

― Querido Carlos hoy encontraras una carta mandada por ti, la portaras hacía donde tú elegiste y hablaras contigo mismo. No cuentas con un detalle importantísimo, una verdad que subyace a lo demás. ¡Vagas en forma de espíritu! Recrea en tu cabeza un pasadizo, un ascensor  y una salida en forma de puerta triangular al bajar al último piso.

Pese a lo loco del texto actuó en consecuencia. Construyo de la nada hasta encontrarme junto al picaporte. Me oigo a continuación proseguir la carta:

― Gira la manivela hasta tres veces. Verás una oportunidad, de ti depende algo sumamente importante.

Accedo a la calle, pierdo la conversación y me centro en lo que acontece. Un demonio sobre ruedas acelera, el conductor ebrio cabecea dando volantazos, ocupa la calzada en una intermitencia mayor que el semáforo. Derriba una papelera, rompe una fuente e inquiere una víctima con su conducción infernal. Una madre intenta apartar el carrito, pero no puede, el coche se acerca demasiado rápido.

Vuelvo al botellón, el cebollazo es considerable, tomo la decisión: Cojo un taxi, salvo una vida.

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