VERANO ETERNO

VERANO ETERNO

beach-1525755_1920

En mi mano una botella inconclusa, el tapón salió disparado, no por las burbujas o el gas, sino porque la arrojé al pavimento. Corría en mis dedos la taciturna melodía de un barquero que viene a recoger a quien no quiero. La parca, la muerte, la calavera, la señora que viste huesos y guadaña sesgó una vida. Sobresaltado el aire emitía un sollozo conjunto de familiares y amigos.

Bajo de un salto el muro que separa la playa y la acera. Olvido la canción lúgubre para meterme de lleno en los recuerdos. Me quito la camiseta a la par que las sandalias. Una entrada limpia al mar, a la vez nado en la memoria.

Sujeto aún la botella para que contenga lo mejor vivido en común. Inicia el llenado. Derramo lágrimas,  el mar me quita las marcas de tristeza con sus olas. Vuelvo a la niñez…

Domino las alturas desde el asiento del avión. Un barrido de nubes me muestra la tierra de los olivos, el cantar y el baile, además del calor de sus gentes: Andalucía. En mi mente infantil apenas reparo en los detalles por los nervios de nuestro primer viaje, juntos y solos. Junto a mí, mi hermano, un apoyo que me priva de los miedos asomándose de continuo a mirar por la ventanilla. Cuelgan de nuestros cuellos unas cintas con un cartón en el que figuran nuestros nombres y apellidos, constando además el nombre de la persona encargada de recogernos. Me siento como una mercancía valiosa y como tal, me tratan.

Desciende el halcón de acero, con un graznido metálico que anuncia el aterrizaje, el capitán comenta aquello de: «En breves momentos tomaremos tierra». Para mí aquel hombre con traje suponía algo así como un superhéroe. Capaz de sujetar los mandos de tremenda bestia de metal, sentado sobre un sillón especial, además de controlar la fuerza de los motores a los que miraba ensimismado por el ruido ensordecedor.

Muchas fueron las veces que tragué saliva por la gravedad. Aferrado a los reposa brazos descendimos. Tuvo lugar una sonora celebración en cuanto tocamos el pavimento del aeropuerto.

Me instalé en casa de una mujer hogareña, de proporciones pequeñas que no se recluía en un caparazón, ya que exponía su gran corazón. Desentrañaba los misterios de la cocina o de una conversación mediante una sonrisa, siempre acompañada de sus ya de por si pequeños ojos tras unas gafas. Acomodado a la ternura no pasaba calor ni frío.

Proveía las alacenas de mi estómago con bollos de chocolate. Un día me canjeó incluso todos los puntos necesarios para conseguir una camiseta de Bart de los SIMPSON, la familia más famosa de la televisión. Enfundado en ella me reconfortaba de alegría no por la recompensa, sino por el mero hecho de darme todo cuanto tenía a su alcance.

Llegaba la hora de la comida, yo ajeno a los modales cotidianos me sentaba cuál aristócrata. Gracias a su consejo y la ayuda de mi tío dejé el plan holgazán por uno más participativo. Servida la mesa con los cubiertos, las servilletas, los vasos y la bebida venía el plato fuerte. Nutría mi boca con  una sugerencia que mi hambre agradecía: su famoso salmorejo. Probé bastantes, pero el suyo ganaba sin comparación.

Hoy en día le atribuyo no una estrella Michelin, sino todos los galones que pueda condecorar un corazón.

Regresaba cada verano a su casa, mi segundo hogar. No  como un visitante, ni huésped, no un familiar al que hay que acoger, sino como un hijo más.

En una de aquellas solariegas estaciones me aguardaba una nueva sorpresa: una compañera. Pasaba de largo de los abrazos prefería los lametones. Tina, una perrita de color canela que a diferencia de la poderosa voz de la cantante enmudecía la suya, pues los ladridos ni la violencia tenían lugar en su fuero interno. Jugamos con su pelota preferida tantas veces, que incluso la calculadora perdería conmigo.

Accionada la cámara de los recuerdos tomo la fotografía de un instante: Ella intentaba sin éxito bajar las piernas de un adulto (evito el nombrarlo por el posible bochorno) con todo su énfasis, provocando en su movimiento un resorte de muelle, pues volvían a mirar al techo. Reímos muchísimo, creía que la mandíbula se me desencajaría.

Después del chapuzón vuelvo a la seca arena. Sobre la toalla tengo el cuerpo, no así la botella. He encerrado los recuerdos en ella, anclándolos en el inmenso mar. Oigo el burbujeo, dentro de poco tendrá lugar la eclosión. Salen disparadas las partículas de oxigeno junto a la memoria imperdible. Alza el vuelo mi sentir y el amor por ella en una carta que siempre estará visible en el cielo, como ella. Te quiero tita Pepa.

 

Ahora en la sección de libros, aquí:

Tienes las primeras páginas, además de un enlace directo para la compra de:

VIDA DE UNA LEYENDA

Y EL GUARDIÁN DE LA FELICIDAD.

Leave a Comment

Libro destacado

¡Vive la lucha del crono!

Así estás seguro de no perderte nada de esta aventura emocionante.